A las seis de la mañana del miércoles Amparo Benavides abría el puesto al pie del talud. El puesto es una mesa de madera con una lona encima, y detrás de la lona hay dos estantes de botas de caucho y una caja de cascos.
El procedimiento es sencillo. El que sube dice la talla. Amparo toma el par, lo apoya en la mesa, cobra la fianza y escribe una línea en el cuaderno: hora, talla, nombre si lo da. El que baja devuelve las botas y recupera la fianza menos el alquiler. Si las botas vuelven con un corte, el corte se paga aparte.
Al final de la fila, en el extremo que da a la carretera, hay un par nuevo, de marca, con la suela amarilla y la etiqueta todavía prendida a la caña. Cuesta dos días de alquiler. En tres meses no lo ha tomado nadie. Amparo lo saca cada mañana junto con los demás y cada noche lo vuelve a guardar.
A las seis el caucho está frío. Amparo lo toca para saber qué hora es, como otros miran el cielo.
El talud se desprendió por la tarde. Los que estaban allí dicen que no fue un ruido. Dicen que durante un segundo faltó el ruido, es decir que se pararon a la vez el compresor, las voces y el agua de la acequia, y que el estruendo vino después, cuando ya había terminado.
No fue una explosión. Fue la pared que bajó entera, de una sola pieza, sobre la parte baja donde se trabaja.
La vereda subió primero. Subieron con las palas de la casa y con las manos, y de todos modos no había otra forma, porque los bomberos de Policarpa llegaron cuarenta minutos después, los de Pasto a las dos horas, los de El Tambo hacia las siete. Tres cuerpos de bomberos, tres horarios distintos, la misma carretera.
El DAGRD de Nariño dio el primer balance por la noche: trece muertos, siete heridos. Una hora después los heridos eran diecisiete. Nadie corrigió la primera cifra, y por lo demás nadie la había discutido: eran simplemente dos cuentas hechas en dos momentos por dos personas distintas.
Entre los trece había cuatro personas de la misma familia, quillasinga, subidas juntas como se sube junto cuando el turno es de familia.
En la mesa, entre el caucho mojado y los cascos volcados, un teléfono siguió sonando toda la noche. El tono era una canción alegre, de esas que se ponen en broma. Nadie lo cogió. Alguien preguntó si quedaba café. Otro dijo que el generador gastaba demasiado y que a ese ritmo a las once estaban secos.
Amparo se quedó detrás de la mesa. Miró los estantes. Miró los huecos en la fila, que eran más que las líneas escritas en el cuaderno, y siguieron siendo más que las líneas escritas incluso cuando empezaron a bajar las botas del talud, a pares y desparejadas, y a ponerlas sobre la lona delante de ella sin decir nada.
El generador se encendió a las siete y veinte y la fila de las botas volvió a verse detrás de ella. El comandante venido de El Tambo llevaba el casco bajo el brazo. Preguntó cuántas personas habían subido aquella tarde.
Amparo miró el cuaderno. El cuaderno estaba abierto en la página del miércoles, que tenía veintidós líneas escritas y la vigesimotercera empezada y no terminada, porque a las dos había llegado el camión del agua y ella se había levantado.
«Veinticuatro», dijo.
«¿Veinticuatro son los alquileres?»
«Veinticuatro son las personas.»
El comandante escribió. Luego se detuvo con el bolígrafo quieto y levantó los ojos, y en ese momento quedó claro para los dos que el número escrito en el cuaderno era otro número.
«Está segura.»
«Estoy segura.»
No explicó a los dos muchachos. No dijo que habían subido a las tres sin pagar, con las botas de la fila de abajo y un casco que ya había sido reparado una vez, y que ella se las había dado porque uno de los dos había dicho que pagaba al bajar. Dijo solamente veinticuatro, y lo dijo una segunda vez cuando el comandante pidió que repitiera para la radio.
A las siete y cuarenta trasladaron dos cuadrillas al sector alto.
Se cavó en el sector alto toda la noche. La comunidad sostenía las luces. Los bomberos de Pasto trabajaban en turnos de cuarenta minutos porque el terreno seguía moviéndose.
Al amanecer del jueves el comandante vino al puesto y dijo que habían terminado. No dijo cómo había terminado. Le dejó el número de una oficina en Pasto escrito en un pedazo de cartón, y el cartón era la tapa de una caja de guantes.
Amparo esperó a que se fuera. Luego empezó a poner orden.
Tomó los pares del montón y los alineó en la mesa con las suelas hacia ella, talla por talla, de la treinta y seis a la cuarenta y tres. Contó los huecos. Volvió a poner las tallas en orden. Dijo en voz alta, como decía cada mañana desde hacía cuarenta años: «Suelas hacia mí, puntas afuera, así se ve el número.»
Luego miró la fila y la rehízo. Suelas hacia mí, puntas afuera, así se ve el número.
Al final de la fila, en el extremo que da a la carretera, estaba el par nuevo, con la marca estampada en la caña y la etiqueta todavía prendida. Amparo lo movió diez centímetros. Luego lo volvió a poner donde estaba. Suelas hacia mí, puntas afuera, así se ve el número.
hecho: En Policarpa, en Colombia, el talud de una mina de oro artesanal se desprende en la tarde del diecinueve de agosto y sepulta a quienes trabajaban debajo: trece muertos y siete heridos, luego diecisiete, y entre los muertos cuatro de una misma familia quillasinga. (El Tiempo, 20 de agosto de 02026.)
mundo: En Sudán la organización internacional para las migraciones cuenta cinco mil trescientas cincuenta y cinco personas, más de mil familias, desplazadas de Geissan entre el doce y el quince de agosto, y a Damazin llegan más de cinco mil (Middle East Monitor). En los Midlands de Zimbabue un autobús con sesenta y un pasajeros vuelca en el Boterekwa: dos muertos en el lugar, veintidós ingresados (My Zimbabwe News). En Europa los incendios se reavivan en el sureste y al diecinueve de agosto la superficie quemada en el año roza las seiscientas veinte mil hectáreas (Euronews).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma I.
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