El cajón de A-chin, el segundo desde la izquierda en el vestuario de la sección de envasado de la planta de Zhongli, distrito de Taoyuan, contiene veintidós bolsitas verdes puestas en fila por fecha de caducidad, las más próximas delante; y los lunes por la mañana a las siete y diez, desde hace treinta y dos años, A-chin abre ese cajón antes que la taquilla, coge la primera de la fila, se la mete en el bolsillo del delantal y sube a la línea, cosa que no está escrita en ninguna descripción del puesto y que nadie le ha pedido nunca, pero que la sección dejó de notar hacia mil novecientos noventa y ocho, el año en que la línea dos se paró durante once días y luego volvió a arrancar sin que los técnicos de Bade supieran decir por qué se había parado.
La bolsita tiene que ser verde. El amarillo y el rojo no se usan, porque el verde es el color del piloto de funcionamiento correcto y los otros dos son los colores de la anomalía; la verde es de coco, lleva dos caracteres impresos que quieren decir obediente, y no tiene que estar caducada, que es la parte de la regla que a la gente de fuera le parece la más rara y que en cambio es la única obvia, porque una cosa caducada no puede pedirle nada a nadie.
Dónde están las bolsitas verdes, según lo que A-chin ha visto con sus propios ojos a lo largo de los años: encima del generador del hospital de Taoyuan, donde su hermana trabajó de auxiliar; al lado del cajero del banco que hay frente a la estación; en el carro del ecógrafo, en una planta donde el jefe de servicio las hacía quitar y el turno de noche las volvía a poner; dentro de las salas de servidores, apoyadas encima de los armarios, donde nadie entra con algo de comer y ellas están igualmente. En dos mil dieciséis, después del terremoto de Kaohsiung, una fábrica de semiconductores reparó una línea dañada y luego se hizo imprimir bolsitas con su propio nombre y las repartió entre los empleados; la noticia pasó por los periódicos durante dos días y nadie la puso entre las curiosidades.
A las siete y veinticinco llega el jefe de sección con la lista.
No dice nada de la lista. La deja sobre el carro al lado de A-chin, gira la hoja con el pulgar para que ella la vea del derecho, y arriba del derecho pone cuatro. Luego dice que no desperdicie las nuevas.
La lista es el orden en que se desmonta. La cuatro es la primera porque es la más pequeña y porque es la que entra en el camión sin quitar los laterales; la siete y la nueve van después, a Hsinchu, treinta y nueve kilómetros, que son cincuenta minutos cuando no llueve; las demás se decidirán. De la venta del terreno A-chin se enteró el veintiséis de julio por un periódico que alguien había dejado en el comedor abierto por la página, cinco coma seis siete dos mil millones en cifras grandes (el número estaba en el titular), y la comunicación de la empresa sobre el traslado llegó el uno de septiembre, treinta y siete días después.
A-chin va a la máquina cuatro.
Quita la bolsita vieja, que es del lunes anterior y no está caducada, y debajo de la bolsita la carcasa tiene un rectángulo de pintura del color que tenía la máquina cuando llegó: un verde claro industrial, doce centímetros por veinte, limpio en los bordes, porque durante treinta años en ese rectángulo la luz no entró y alrededor en cambio entró siempre.
Mira el rectángulo.
Luego abre la bolsita nueva, comprueba la fecha del reverso, y la posa exactamente encima, en el punto donde la carcasa tiene el pliegue que la sujeta incluso con la vibración.
El jefe de sección la está mirando. Saca el bolígrafo y apunta algo al lado del cuatro, y se va hacia la siete con la lista bajo el brazo; de lo que ha apuntado A-chin no sabrá nunca nada, y nosotros tampoco, porque la hoja volvió a la oficina esa misma tarde.
Lo que A-chin sabe es que ha tapado un rectángulo de pintura.
Vuelve al cajón a las once, cuando la línea se para para el cambio. Cuenta lo que queda porque tiene que saber si pedir más: veintiuna bolsitas, la primera caduca el catorce de octubre, la última el seis de marzo del año que viene. La planta de Zhongli cierra, según la comunicación del uno de septiembre, antes de que acabe enero.
Las fechas del fondo del cajón están más lejos que la fecha en que ya no habrá nada que proteger.
A-chin cierra el cajón despacio, para que las bolsitas no se mezclen y sigan en fila como están. Luego va al comedor, donde una compañera que se despidió el jueves ha venido a saludar y está contando que a Hsinchu no llega nadie todos los días; y tiene razón, porque los trenes están pero los horarios no, y porque esperar la indemnización sentada en una silla que mientras tanto se llevan es una cosa que se puede decir y que nadie puede desmentir.
A-chin dice que sí, que los trenes son lo que son.
A la una y diez la línea vuelve a arrancar durante dos horas, que son las dos últimas horas de producción previstas para la cuatro. La máquina arranca al primer intento, como ha hecho siempre.
Encima de la carcasa está la verde, apoyada en el pliegue, con los dos caracteres girados hacia la operaria.
Debajo de la verde está el rectángulo, que ahora no se ve.
hecho: El grupo que controla Kuai Kuai vende a finales de julio el terreno de la planta de Zhongli, activa desde 1968, y traslada la producción a Hsinchu. Más de un tercio de los empleados lleva allí más de treinta años y se enteró por los periódicos. (Focus Taiwan, 14 de septiembre de 02026.)
mundo: En Ecuador el ministerio de Defensa cuenta mil ciento diecinueve campamentos de minería ilegal destruidos desde enero, junto con mil setecientas cuarenta y ocho bocaminas cerradas y trescientas noventa y cinco dragas (Infobae). En Yemen los combates se reanudan a lo largo de la costa del mar Rojo tras años de frente detenido, y las Naciones Unidas cuentan cuarenta y seis mil personas huidas desde la semana pasada, muchas de las cuales dejan las tiendas y los animales que tenían (Al Jazeera).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma III.
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