La esquina de la caja se había ablandado por el lado por el que él la cogía siempre. Estaba en el primer cajón de la cómoda, detrás del ventilador de mesa, con la lengüeta ya abierta. Su A-hong sacó el blíster, desprendió la pastilla y la puso en el plato junto a las demás. Luego volvió a meter la caja en el cajón, de pie, con las letras hacia fuera.
La casa estaba en el cuarto piso de un edificio de Wenshan, en Taipéi, sin ascensor. Desde la cocina se veía la pared del edificio de al lado.
En el dormitorio el pliegue de la colcha estaba del lado de la pared, limpio. Había dormido. En el alféizar dos orquídeas blancas estaban en flor y el agua de la maceta estaba limpia.
Su A-hong venía tres mañanas a la semana desde hacía trece meses. Abría las ventanas, hacía la compra, ordenaba las pastillas en el plato y bajaba la bolsa.
«Las pastillas ya me las he tomado», dijo el hombre desde el sillón.
«Se las toma ahora. Las de ayer se las tomó ayer», dijo Su A-hong.
Él miró el plato. Luego se volvió hacia la ventana y se quedó así.
El estante detrás del mostrador era el tercero desde el suelo. El farmacéutico cogió la caja sin mirar, como se cogen las cosas que están siempre en el mismo sitio, y la tuvo en la mano mientras leía la pantalla. Su A-hong había dejado sobre el mostrador el blíster vacío, con la fecha rodeada en rojo por la farmacia.
«Es la del mes pasado», dijo ella.
Desde junio la cuenta del hombre de Wenshan estaba bloqueada. En el barrio la cosa se sabía así: la libreta y el sello los guardaba por ley la persona encargada de guardarlos, desde junio esa persona ya no pasaba por la zona, la cuenta se había quedado donde estaba, y lo que había dentro no era lo que tenía que haber.
El hombre de Wenshan no tenía parientes en la ciudad. Una sobrina vivía en Kaohsiung y no venía. En la cuenta estaba su nombre. Nadie podía mover ese nombre, así que no había nadie a quien pedirle nada.
De la radio sobre la nevera salía un partido de béisbol comentado en japonés.
El farmacéutico ya le había dado la caja dos veces, la segunda sin decir nada. Al fin y al cabo lo conocía desde hacía veinte años, y la suya era la única farmacia de la calle abierta por la noche.
Su A-hong abrió el monedero por debajo del mostrador. Tenía doscientos cuarenta dólares y la caja costaba el doble. Su sueldo del mes pasaba por el mismo canal que la cuenta y en septiembre no había llegado.
«Vengo tres mañanas. Abro las ventanas, hago la compra, ordeno las pastillas y bajo la bolsa», dijo.
El farmacéutico la miró y no preguntó nada más. Pulsó dos teclas. En la pantalla apareció el nombre del medicamento con la dosis al lado, y debajo el nombre del titular de la cuenta.
Dejó la caja sobre el mostrador, entre el blíster vacío y el lector de tarjetas. Luego miró la pantalla.
La caja dejó el mostrador y tocó la balda detrás de los hombros del farmacéutico. No la devolvió a su sitio. La dejó de pie contra un bote de leche en polvo con una pegatina amarilla de descuento. Luego giró la pantalla media vuelta hacia Su A-hong, lo justo para dejarle ver dos líneas. El nombre del titular de la cuenta. Debajo, la mención que mantenía los fondos bloqueados.
«Ya he dado dos veces, en la cuenta de la familia solo entra la familia, la tercera pago yo», dijo el farmacéutico.
La nevera de las vacunas zumbaba contra la pared. Su A-hong apoyó la mano en el borde del mostrador y la dejó ahí. Sobre la norma él tenía razón. Sobre su propio dinero tenía razón, y de todos modos cerraba a las nueve.
«¿Es usted pariente?», dijo el farmacéutico.
La caja estaba a un metro de ella, detrás de un hombro, y en el cartón el nombre del medicamento estaba impreso en letras grandes, de las que se leen de lejos, para que el hombre de Wenshan pudiera encontrarla solo en el primer cajón de la cómoda.
«No soy pariente, no soy nadie para él», dijo Su A-hong.
Lo dijo una vez, con la voz que usaba para los horarios. El farmacéutico asintió. Volvió a girar la pantalla hacia sí y la apagó a medias, como hacía antes del cierre. Sobre el mostrador quedaron el blíster vacío y el lector de tarjetas. Luego se dio la vuelta, cogió la caja de la balda y la volvió a poner en el estante, tercero desde el suelo, en el hueco de su medida. La caja entró con un roce. Nadie repitió la frase.
El segundo rellano tenía una ventana que no se abría y un par de zapatos de hombre nuevos apoyados en la pared, lustrados, de un número grande. Su A-hong se paró ahí y se cambió las bolsas de mano. Las bolsas pesaban poco. Dentro había pan de molde, leche de soja, dos mandarinas y un paquete de té en bolsitas.
La puerta estaba entornada. La abrió con el hombro y la cerró con el pie. La bolsa de la basura seguía detrás de la puerta, llena, donde la había dejado por la mañana. Su A-hong la sacó al rellano y volvió a entrar.
El hombre de Wenshan estaba en el sillón, vuelto hacia la ventana. La televisión estaba encendida sin volumen. Él levantó los ojos de las bolsas a sus manos, luego otra vez a las bolsas.
Su A-hong dejó la compra en la mesa y puso el pan en su compartimento. En el plato estaban las pastillas de la noche, cuatro, y el hueco donde estaba la quinta. El agua del vaso, de todos modos, ya estaba cambiada.
Él esperó a que ella volviera delante del sillón.
«¿Vienes mañana?»
hecho: En Taipéi una antigua supervisora de los servicios sociales, tutora de cinco ancianos del distrito de Wenshan, habría sustraído de sus cuentas más de 12 millones de dólares taiwaneses; el agujero aparece en el traspaso de sus casos, y el tribunal ordena su prisión preventiva. (CNA, 24 de septiembre de 02026.)
mundo: En Tigray, en el norte de Etiopía, internet y teléfonos se apagan tras los combates más duros desde la guerra de 2020 a 2022; con las líneas caen también las transferencias de dinero por móvil (Reuters). En Mao, en la República Dominicana, un incendio mata en su casa a una pareja y a sus tres hijas (Diario Libre). Durante la noche misiles rusos alcanzan las plantas industriales de Dnipró, Kryvyi Rih y Pavlohrad: tres muertos, casi cien mil abonados sin luz (Al Jazeera).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma II.
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