Antes del alba Fawziya ata los sacos en el patio. Son de yute, tres grandes y dos pequeños. Los ata con cordel de embalar. El nudo es el de su padre, dos vueltas alrededor de la boca del saco y un medio nudo encima. Levanta el primero dos dedos del suelo, el nudo aguanta, y lo vuelve a apoyar. Cuando tiene que deshacer uno lo coge por el lado equivocado y tiene que rehacer la vuelta al revés.
El yute es áspero y deja hilos en las manos. El saco de harina pesa veinte kilos. Lo lleva hasta la verja al hombro, con la boca apretada en el puño.
Desde hace tres noches, en Taiz, se oyen disparos incluso desde el patio.
En la cocina la madre está levantada y no está vestida para salir.
Fawziya vuelve a entrar a por las bolsas de los niños. Sube los tres escalones descalza, con las sandalias en la mano, y las vuelve a dejar abajo, en la grava, como ha hecho siempre.
A las cinco y veinte el camión entra en el patio con los faros encendidos y no los apaga.
Entonces Fawziya llama a los niños por su nombre completo. Hamud Munir. Ruqayya Munir. Salen al umbral con los zapatos en la mano y se quedan ahí, sobre el cemento, sin bajar.
La caja ya está cargada en tres cuartas partes. La lona está tensa y atada a los ganchos. Debajo hay bolsas, colchones enrollados, bidones, un ventilador con la rejilla abollada. Las plazas son dos, pagadas desde hace una semana, los niños sobre las rodillas. El conductor sigue de pie junto a la puerta abierta, con una mano en el techo de la cabina, y no apaga el motor.
Fawziya carga los sacos por el portón de atrás, uno a uno, apoyándolos primero en el borde y luego empujándolos dentro. Hace subir a Hamud. Luego hace subir a Ruqayya. Los pone contra la pared de la caja, a la altura de la rueda, donde la lona da sombra. Los sacos van en fila contra el portón, con los nudos hacia arriba, para que se cojan deprisa.
Luego coge el teléfono y llama al número de su hermana, que vive allí, en la costa. La llamada no sale. Lo intenta otra vez. No sale. El conductor la ve y dice una sola cosa: en la costa las líneas están caídas. Fawziya vuelve a meter el teléfono en el bolsillo del vestido y se seca las manos.
La carretera de abajo está rota en un tramo y esta semana el camión ya ha cambiado de ruta una vez. Hoy se pasa por arriba. Para mañana el conductor no da viaje. Desde principios de mes han dejado su casa más de ciento treinta mil personas, y más de seis de cada diez han salido de aquí. Donde llegan, les faltan techo, agua limpia y atención médica.
En ese momento la madre sale al umbral. Tiene setenta años y para agacharse se agarra a la jamba. No sube y no habla. Coge el saco más cercano a la puerta, el pequeño, lo agarra por la esquina y lo arrastra adentro. El yute roza el cemento del umbral. El saco pasa el escalón y se detiene contra la hoja de la puerta. El ruido dura lo que dura el umbral, luego se acaba. La madre vuelve a salir y va hacia el segundo.
El conductor mira. Mantiene el motor encendido.
El segundo ya está a medias sobre el umbral. La madre lo sujeta por la esquina. La mano libre está en la jamba. El yute roza el cemento.
Fawziya baja del estribo. Va al umbral. Coge el saco por la otra esquina y lo levanta del suelo. Lo lleva dentro ella, por el pasillo, hasta la pared de la cocina. Lo pone de pie contra la pared, con la boca hacia arriba. Vuelve a salir secándose las manos en el vestido. La madre está quieta donde estaba.
El conductor mira la hora y mantiene el motor encendido.
Entonces Fawziya sube al portón de la caja. Pone las manos bajo las axilas de Hamud, lo despega de la lona y lo baja por el costado. Los pies de Hamud tocan la grava.
Luego coge a Ruqayya. La niña sujeta el asa del portón con las dos manos. Fawziya le abre los dedos uno a uno. La levanta y la baja. Los pies de Ruqayya tocan la grava.
En ese momento se vuelve hacia los sacos.
Tira del último por la boca y lo lleva al borde de la caja. Lo sostiene ahí, en el aire, con el peso en los antebrazos y los brazos rectos. En la tela hay un sello desvaído, WFP y un año, 2016. Es el saco de la harina de la ayuda, de la otra vez que se fueron. Lo lee. La tinta ha entrado en la trama y no se va.
Por fin lo suelta. El saco cae de plano sobre la grava, a un paso de los zapatos de Ruqayya, y no se abre.
El conductor espera el tiempo que tiene. Luego sube a la caja y cuenta las plazas con el dedo, fila por fila. Encuentra dos. Va a la verja y hace una seña a dos que esperan en la calle con sus bolsas, un hombre y una muchacha. Los hace subir por el portón de atrás, uno detrás del otro. Cierra el portón y pone la cadena en el gancho. Después vuelve a la cabina, mete la primera y sale del patio. Pasada la curva el motor todavía se oye un poco. Luego ya no se oye.
Hamud y Ruqayya se quedan de pie en el polvo, junto a los sacos. Ruqayya mantiene la mano cerrada como sobre el asa.
Fawziya vuelve a meter los sacos, uno a uno, y los pone de pie contra la pared de la cocina, junto al de la madre. No los desata.
Por la noche no pasa ningún camión. Se oyen disparos, más cerca que la noche anterior. Fawziya duerme vestida.
hecho: Desde Taiz y la costa occidental de Yemen, los combates empujan a más de 130.000 personas a dejar su casa desde principios de septiembre; Taiz por sí sola supone más del 60 por ciento de los desplazamientos, y donde llegan faltan refugio, comida, agua limpia y atención. (UN News, 22 de septiembre de 02026.)
mundo: En Jun'an, en el distrito de Shunde, un incendio en una fábrica de lavado de tela vaquera mata a ocho obreros y hiere a uno; sesenta y tres personas salen vivas de la nave (Xinhua). En el norte de Vietnam la crecida sumerge dos mil casas y aísla a mil familias entre Ninh Binh y Thanh Hoa (Associated Press). Durante la noche misiles rusos alcanzan las plantas industriales de Dnipró, Kryvyi Rih y Pavlohrad: tres muertos y seis heridos (Al Jazeera).
Variantes: 5.
Incalmo · Pneuma I.
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