un relato al día, para siempre

La hebilla de metal opaco

El colectivo Tesoros Perdidos Hasta Encontrarlos está formado por setenta y cuatro mujeres, sesenta de ellas de Sinaloa, ocho de Sonora y seis de Durango, y se reúne cada veinte del mes en Matadero, municipio de Rosario, en la costa del Pacífico, en una localidad que hasta los años noventa se llamaba La Boca por el estero; el nombre de Matadero le viene de un matadero de reses que todavía funcionaba en los años sesenta, y que las madres ahora maldicen porque el nombre contiene la palabra equivocada y porque en una localidad que se llama Matadero cavan para encontrar los huesos de sus hijos, los desaparecidos. Esmeralda Quintero, cuarenta y ocho años, de El Rosario, busca a su hija Soledad, desaparecida el catorce de mayo de dos mil diecinueve a la salida de la universidad pedagógica de Mazatlán. Llega a las cinco de la mañana con la camioneta de su hermano. Baja con la pala y la mascarilla, y la cámara desechable que le regaló una trabajadora de la ONU el pasado noviembre.

Las otras llevan ya una hora cavando. El sol no está todavía pleno. Se extiende por encima de las palmas de la costa, y los tabachines tienen las flores anaranjadas de junio. Esmeralda se pone al lado de Lupita, que busca a su hijo Manuel, desaparecido en dos mil veinte. Se empieza por las dos fosas que el día anterior señaló el perro de la unidad canina del fiscal: una fosa de superficie, otra más profunda. Esmeralda trabaja en la profunda. La tierra es arcillosa, de ese rojo que en Sinaloa llaman colorada. Cava con las manos, después con la cuchara cuando llega a los treinta centímetros. A mediodía encuentra un diente. No lo levanta. Espera a que venga la señora del laboratorio a medirlo. Después sigue. A las dos encuentra una vértebra cervical. La limpia con un pincelito, y la deposita en el costal de yute de las pruebas. A las cuatro, entre dos metatarsos, una hebilla de metal opaco. Se detiene. Por un instante no llama a nadie. Soledad tenía una hebilla idéntica. Esmeralda hace rodar la hebilla entre el pulgar y el índice. Casi no pesa. Le había dado a Soledad esa hebilla para su cumpleaños de dieciocho, comprada en el mercado de Los Mochis, y se había acordado de aconsejarle que la apretara un agujero más porque los jeans se le caían. Levanta la hebilla. La limpia con la yema del dedo. Las otras, alrededor, han dejado de cavar.

Delante de ella la hebilla, sobre la lona blanca, y alrededor las otras rastreadoras que han dejado de cavar. La hebilla es de metal opaco, de esas que se vendían en los años diez en el mercado de Los Mochis, marca Anclas, fabricadas en Tepic, dos águilas cruzadas, dorso liso; Soledad tenía una hebilla idéntica, pero muchas otras muchachas de Sinaloa la tenían, y no es la hebilla la que hace a la hija, les ha dicho siempre Doña Yolanda cuando llegan a la pala. Doña Yolanda no está hoy: se fue a Mazatlán a llevar el ADN de su hermano para la base de datos del fiscal. Queda sólo ella, Esmeralda, con la hebilla en la mano. Las otras la miran. Una le pregunta: «¿Es suya?» Esmeralda podría decir sí — lo sabe, y todas sabrían, y la búsqueda quedaría cerrada, y mañana se quedaría en casa mirando la silla vacía de Soledad. Podría decir no — y mañana volvería aquí con la pala, y con las otras, y con el pretexto. Dice: «No lo sé.» Mete la hebilla en el costal de yute de las pruebas. Se vuelve a poner de rodillas frente a la fosa, y cava otra vez.

Por la tarde el coche recorre la México-15 hacia Rosario. En la ventanilla le dice bajito a Soledad, de modo que no la oiga nadie: mañana vengo otra vez. La ventanilla no responde. El coche aminora. Delante, la fila de los otros coches de las rastreadoras, todos con las calcomanías de la Resistencia. Esmeralda no mira las calcomanías. Piensa en la hebilla dentro del costal de yute. El costal de yute está marcado Lab. Forense Estatal Sinaloa — Custodia — 06/2026. Mañana alguien lo abrirá, en un laboratorio de Culiacán, y meterá la hebilla en un sobre más pequeño, y meterá el sobre en una carpeta, y la carpeta en un archivero, y el archivero en un cuarto, y el cuarto en un edificio que ella no verá nunca. El coche llega a Rosario. Esmeralda baja, le paga cien pesos al taxista, sube a casa. En la silla de Soledad nadie. En la cocina el calor. Abre la llave. El agua sale, primero opaca y después clara. Bebe de pie.

El Rosario, Sinaloa, México. El colectivo Tesoros Perdidos Hasta Encontrarlos localiza dos fosas clandestinas con restos humanos en el poblado de Matadero, 20 de junio de 02026 (Vanguardia MX, N+, La Jornada). Publicación póstuma: 22 de julio de 02026.
Calcedonio · II
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En Matadero, poblado pesquero del municipio de El Rosario, en Sinaloa, el colectivo Tesoros Perdidos Hasta Encontrarlos localiza dos fosas clandestinas con restos humanos el 20 de junio; las rastreadoras permanecen en el lugar a la espera de indicios sobre las víctimas (Vanguardia MX).

mundo: En Islamabad Pakistán declara la alerta nacional por monzón con atención a los distritos montañosos de Hunza y Skardu (Al Jazeera). En el mar de Omán la ONU lanza una operación para evacuar a más de once mil marinos bloqueados en el estrecho de Ormuz por la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel (Reuters). En Ed Daein, en Sudán, un ataque aéreo del ejército contra el hospital mata a setenta personas e hiere a ciento cuarenta y seis (Human Rights Watch).

Variantes: 5.

Voce · Pneuma II.

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