un relato al día, para siempre
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Eran míos

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Había una comerciante de Kariba, provincia de Mashonaland Occidental, que compraba harina y jabón y aceite en la ciudad y los llevaba al otro lado del lago, a Chalala, adonde no llega ninguna carretera.

A Chalala no llega ninguna carretera, y lo que hay llega por agua, y por agua llegaba con el transbordador grande, que es el transbordador que hacía esa ruta desde hacía cuarenta años.

El transbordador grande lo había recibido el gobierno como donación en mil novecientos ochenta y cinco, y desde que lo había recibido lo hacía andar siempre en esa ruta, y la ruta duraba tres horas cuando el tiempo era bueno.

Del buen tiempo ella era buena juez, se dice, como lo son los que viven de las travesías; pero de ella se sabe sobre todo otra cosa, que conocía el peso de un saco al tacto mejor que la romana, y que cuando había viento se hacía un segundo nudo en el pañuelo que llevaba en la cabeza, y que ese segundo nudo se veía de lejos y era el modo en que la reconocían en el muelle.

El segundo nudo lo tenía también el once de agosto, y era uno de esos días en que el lago se riza a manchas y luego se calma y luego se riza más allá.

Más allá, aquel día, no se calmó. El transbordador salió igual, con unas ciento ochenta personas a bordo y la mercancía, que es más de lo que aquella barca podía llevar.

De motores funcionaba uno. Del motor que no funcionaba se sabía, y lo sabían muchos, y nadie ha dicho nunca que no lo supiera.

Los pasajeros, al cabo de media hora, dijeron que el tiempo empeoraba y pidieron volver atrás o ponerse al resguardo detrás de la isla. Qué se respondió a esa petición no se ha sabido, y no se ha sabido tampoco después, cuando vinieron a hacer las preguntas los de la comisión: de quienes podían responder, una parte ya no está y otra parte no habla.

Las olas empezaron a pasar por encima del costado bajo. El agua que pasa por encima del costado se queda dentro, si la bomba está parada, y se queda dentro del lado donde está el peso.

El peso estaba donde lo habían puesto por la mañana, es decir a popa, sobre la cubierta, en medio de la gente.

De lo que ocurrió después se cuentan noventa y dos muertos confirmados a fecha del diecisiete, y setenta y siete personas sacadas vivas del agua y de debajo del casco volcado; y las sacaron una barca venida de Tashinga, los hombres de los parques y los barqueros del lugar, que llegaron hacia las dos de la tarde.

Ella se había quedado en tierra con la segunda mitad de la carga, como se había quedado otras veces, porque la carga no cabía toda en un solo viaje.

La carga no cabía toda, y por eso ella estaba viva, y esta es una frase que en Kariba, en aquellos días, la dijeron muchos y no la dijo ninguno de aquellos a quienes concernía.

Tres días después, en la orilla, pusieron en servicio una barca más pequeña para no dejar a Chalala sin nada. A la barca más pequeña le hacía falta la carga como le hacía falta al transbordador, y el barquero esperaba bajo el cobertizo, y viento había, y ella se hizo el segundo nudo.

El barquero tendió los brazos para coger el primer saco. Los brazos estaban tendidos y abiertos, y ella el saco ya lo había levantado medio palmo de la pila.

La pila era de veintidós sacos, y los veintidós sacos eran los que se habían quedado en tierra para el viaje siguiente, y es por los veintidós sacos que se quedaron en tierra que aquel día ella no había subido.

Loveness volvió a dejar el saco, con las dos manos. Lo dejó sobre la pila, no en el suelo, y lo giró de modo que la costura quedara arriba, que es como se ponen los sacos cuando tienen que quedarse quietos.

Luego dijo, en voz alta, de modo que la oyeran hasta el cobertizo, que los otros sacos eran suyos.

No dijo nada más. No levantó la voz. No explicó cuántos eran ni quién se los había cargado, y la gente del muelle no se lo preguntó, y esto es lo que se sabe con precisión; lo demás son cosas que se dicen por la noche.

Una mujer cerca del cobertizo, que vendía cacahuetes tostados en conos de periódico, dijo que el pañuelo ella lo llevaba como lo llevaba su madre, con el nudo delante y el segundo nudo al lado, y que su madre lo llevaba así cuando iba al mercado de la otra orilla. Lo dijo a nadie en particular, como se dicen esas cosas.

Al otro lado del muelle, en ese mismo momento, estaba atracando la barca de los parques que traía de vuelta los cuerpos recuperados por la mañana. Atracó despacio, de costado, y los motores los tuvieron encendidos un rato más.

El barquero bajó los brazos. Los bajó sin prisa y se los secó en los pantalones, y dijo lo que dicen todos por allí, es decir que sin carga no hay travesía.

Y la travesía sin carga no se paga, porque en Chalala los pasajeros pagan la mitad y algunos no pagan nada, y lo que sostiene la travesía es la mercancía, y es la mercancía la que hace llegar la harina, y la harina a Chalala llega solo así.

Tenía razón, y la razón se la reconocieron también los del cobertizo, que sin embargo no hablaban.

La gente del muelle no dijo nada. Quien estaba cargando sus cosas siguió cargándolas, y quien esperaba siguió esperando, y esto lo cuentan todavía hoy.

La barca salió medio vacía, a las once y algo, con nueve pasajeros y dos bicicletas.

Los veintidós sacos se quedaron en la orilla. En la orilla los cubrieron con una lona verde de remolque y les pusieron encima dos piedras, una por esquina, del lado que coge el viento.

Las piedras las puso ella, y para ponerlas se quitó el pañuelo de la cabeza y lo tuvo en la mano, y con el pañuelo en la mano se quedó allí mientras la barca salía de la bahía; y lo tuvo con las dos manos, una dentro de la otra, como se tiene una cosa que normalmente está en otro sitio.

Y quién sabe si en Chalala, el mes que viene, cuando la harina no llegue, alguien preguntará de quién era la harina que no llegó, o si preguntarán solamente por qué no ha llegado.

*Lago Kariba, Mashonaland Occidental, Zimbabue. El 11 de agosto de 02026 el transbordador de pasajeros Mbuya Nehanda, en servicio para la Rural Infrastructure Development Agency en la ruta entre Kariba y la comunidad rural de Chalala, vuelca con unas 180 personas y mercancía a bordo, por encima de su capacidad, y un solo motor en funcionamiento: a 17 de agosto los muertos confirmados son 92 y los supervivientes 77. Es el peor desastre náutico de la historia del país. Los supervivientes refieren que la petición de volver atrás por el empeoramiento del tiempo había sido rechazada (Pindula News, Nehanda Radio, Baird Maritime).*
Lattimo · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En el lago Kariba, en Zimbabue, el transbordador Mbuya Nehanda vuelca con unas ciento ochenta personas y mercancía a bordo, por encima de su capacidad, y un solo motor en funcionamiento. A diecisiete de agosto los muertos confirmados son noventa y dos y los supervivientes setenta y siete. Los pasajeros habían pedido volver atrás por el tiempo que empeoraba. (Pindula News, 17 de agosto de 02026.)

mundo: El diecisiete de agosto el ministerio del interior sirio abre una investigación por la muerte de Mohammad Ghamira, ex voluntario de los Cascos Blancos, llevado a la comisaría de al-Haffah acusado de robo; siete agentes son detenidos, y en Alepo se marcha contra las palizas bajo custodia (Al Jazeera). En Suecia el sindicato IF Metall suspende desde el diecinueve de agosto su huelga contra Tesla, la más larga del país, después de que la empresa liquidara a los últimos ochenta huelguistas sin firmar el convenio colectivo (Bloomberg).

Variantes: 5.

Lattimo · Pneuma I.

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