El Range Rover verde botella volvió al patio de Zocco di Erbusco el veintiuno de agosto a las siete y diez de la tarde, en una grúa de Palazzolo que había hecho toda la Sebina con las luces de emergencia, y Gianmario Bertoli, cuarenta y siete años, obrero en la fundición de Capriolo desde dos mil uno, lo vio bajar de la plataforma con el morro hacia abajo y pensó que era más pequeño de como lo recordaba; y lo curioso es que era exactamente el mismo, matrícula incluida, porque la matrícula italiana se había quedado en una carpeta de la fiscalía de Fiume mientras el coche circulaba con una matrícula croata a nombre de una empresa de alquiler de Rijeka que, según el atestado de la policía de tráfico, nunca tuvo oficinas sino solo un apartado de correos en via Zagrebačka, apartado que consta todavía activo y todavía alquilado, aunque a otro nombre.
El coche Gianmario lo había vendido en dos mil veintiuno a un hombre que se presentó con un cheque bancario de veinticinco mil quinientos euros, un cheque bien impreso, con la filigrana correcta y el número de serie correcto, y que era falso; y la falsedad del cheque se comprobó el martes siguiente, cuando el coche ya había pasado Trieste.
De ahí en adelante empiezan los papeles.
Los papeles están en una carpeta azul claro de tres solapas que Gianmario guarda encima del frigorífico, y son, por orden: la denuncia a los carabineros de Palazzolo, la querella, el expediente del fiscal, tres requerimientos, la solicitud de comisión rogatoria, la traducción jurada de la solicitud de comisión rogatoria hecha por una traductora de Trieste que cobra cuarenta y dos euros por folio y que empleó once folios, la respuesta croata, la segunda solicitud porque la primera había ido a la oficina equivocada, y por último el acta de devolución, que es la única hoja con una fotografía. En la fotografía se ve el capó y, reflejada en el capó, la mano de quien hace la foto.
Las transferencias, en cambio, no están en la carpeta, porque no son suyas.
Son de Ivan, el hermano mayor, que es alicatador y que en dos mil veintidós puso mil doscientos euros, en el veintitrés otros ochocientos, en el veinticuatro mil cuatrocientos para la comisión rogatoria y la traductora, y luego otras cifras más pequeñas que Gianmario nunca ha sumado pero que en cinco años dan más de lo que el coche puede valer ahora, con ciento noventa mil kilómetros y cuatro años parado en una explanada aduanera donde los coches incautados están a la intemperie bajo la bora.
El veintidós de agosto, la mañana siguiente, en el patio había seis o siete personas.
Estaban los dos vecinos de arriba, la mujer, el hijo mayor con su novia, un primo, e Ivan, llegado el último con la furgoneta. Todos daban vueltas alrededor del coche como se dan vueltas alrededor de un ataúd abierto, y decían las cosas que se dicen: que se nota que ha estado parado, que los asientos están bien, que la pintura del techo se ha ido.
Ivan dio dos vueltas lentas. Luego se paró del lado del conductor y dijo, con la voz de todos los días, me dejas dar una vuelta.
No lo pidió aparte. Lo pidió allí, delante del primo y de los vecinos de arriba, y es este el punto que Gianmario se ha llevado consigo toda la semana, porque su hermano en cinco años nunca le había pedido nada, y la primera vez que pedía algo lo pedía con voz normal delante de seis personas, que es el modo de pedir de quien tiene derecho y no quiere hacerlo pesar.
Gianmario dijo que primero tenía que dejarlo en condiciones.
Lo dijo exactamente así, primero tengo que dejarlo en condiciones, y explicó que había que hacer la batería, la revisión, los neumáticos que había que cambiar los cuatro porque un neumático parado cuatro años se cuadra, y que después, ya arreglado, se lo dejaría conducir cuanto quisiera.
Ivan dijo de acuerdo y se fue antes que los demás.
La llave está ahora colgada de un clavo dentro del trastero, junto con las llaves del sótano y la del candado de la bici, y el mando ya no responde porque la pila se descargó en los años de la incautación; para abrir hay que meter la llave en la cerradura de la puerta, que es una cosa que los coches de ahora ya no dejan hacer.
Gianmario pasa por el patio todos los días.
Cuando pasa alguien, y pasa el primo, pasan los vecinos de arriba, pasa el cartero que se para de buena gana, él dice la misma frase: primero tengo que dejarlo en condiciones. Se la dice a quien le pregunta por el coche y se la dice a quien no le pregunta, se la dice el miércoles al cartero y el sábado al primo, y la dice siempre igual, sin cambiar una palabra, como se dicen las cosas que se han decidido una sola vez.
El primero de septiembre, que era martes, el patio a las ocho de la tarde estaba vacío.
Él bajó igualmente con el trapo, quitó el polvo del capó por el lado donde pega el sol, se irguió y dijo en voz alta, al patio vacío, que primero tenía que dejarlo en condiciones.
hecho: Un obrero de la provincia de Brescia vende su propio coche en 2021 y recibe a cambio un cheque bancario falso. Después de cinco años de denuncias, recursos y trámites internacionales el coche, que había acabado en Croacia, le es devuelto. (Brescia Tomorrow, 2 de septiembre de 02026.)
mundo: En Alemania se cuentan dieciséis mil trescientos muertos por el calor en un solo verano, el segundo más caluroso desde mil ochocientos ochenta y uno (Free Malaysia Today). En Serbia una fundación por los derechos digitales encuentra a catorce personas con el programa espía en el teléfono, entre ellas un diputado y un estudiante del movimiento de protesta (Reuters). En Tayikistán, desde el primero de septiembre, salarios, becas y pensiones suben por decreto (Asia-Plus).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma I.
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