La barca se llamaba Maddalena, como su madre, y la pintura del nombre en la popa se desprendia desde hacia tres anos en escamas blancas que caian al mar y nadie la repintaba. 'Ndria tenia sesenta y un anos, las manos anchas, los nudillos deformados por el cabo de nylon que tiraba cada noche desde los diecisiete. La lampara estaba fijada a proa con un soporte de hierro soldado por su cunado en mil novecientos ochenta y nueve, una soldadura fea pero que aguantaba. Bajo al puerto a las ocho y cuarenta de la tarde, como cada noche. El muelle tenia la bita de hierro fundido con la grieta, la que ya usaba el abuelo y que nadie habia sustituido nunca porque la grieta no pasaba, aguantaba, y 'Ndria ataba el cabo cada noche y cada manana lo soltaba y la bita con la grieta era el primer trozo de tierra que tocaba al volver y el ultimo que dejaba al salir. En la bolsa llevaba el termo del cafe que su mujer le preparaba demasiado dulce, dos cucharaditas de azucar en vez de una, y el no se lo decia, no se lo habia dicho nunca en treinta y cuatro anos de matrimonio. Bajo el banco de popa guardaba una radio a pilas, una Grundig del noventa y dos con la antena torcida, que no servia para la pesca y no servia para nada pero habia sido de su padre y 'Ndria la llevaba al mar como se lleva un santo de madera, porque hay cosas en un barco que no sirven para nada y justamente porque no sirven no se tocan. La radio de onda corta en la consola estaba sintonizada en una frecuencia que solo entraba mar adentro: una emisora tunecina que emitia malouf toda la noche, laudes, voces en arabe, el siseo de la onda corta que iba y venia con la distancia. En puerto la senal se perdia. Habia que salir, al menos media milla, y la musica llegaba. Comprobo el aceite del motor, solto el cabo de la bita, arranco. El motor tosio dos veces y luego prendio. En puerto habia cuatro barcos. En el ochenta y seis habia cuarenta y dos, la mitad se habia ido con las subvenciones europeas, la otra mitad se habia podrido en seco. Las lampares quedaban tres: la Maddalena, la Sant'Agata de Ferruccio y una sin nombre que un chico tunecino habia comprado por dos mil euros y con la que pescaba las noches buenas. 'Ndria salio del puerto y u scuru lo tomo. A lampa estaba apagada. El mar era plano, negro, olia a sal, a gasoil, a nenti. La radio callaba todavia. El cafe estaba en el termo. La noche empezaba.
A una milla de la costa encendio la lampara y la emisora tunecina entro en la radio como si alguien hubiera abierto una puerta, el laud primero y luego la voz, y 'Ndria no entendia arabe pero el malouf siempre tiene el mismo tono y ese tono 'Ndria lo conocia como conocia el tono del motor y el tono del cabo cuando se tensa. La luz blanca se abrio sobre el agua y el mar se volvio verde en el circulo de luz y el resto era negro, negro alrededor, negro debajo. La superficie era lo unico visible. Las anchoas llegaron a los veinte minutos. Subian de la oscuridad de abajo, primero una, luego diez, luego cien, los cuerpos plateados que entraban en el circulo de luz desde la nada y giraban alrededor de la lampara. 'Ndria calo la red en circulo, despacio, sin ruido, los corchos en superficie y los plomos bajando y cerrando el saco. Ferruccio estaba a media milla al sur, a lampa suya era un punto amarillo en la oscuridad. No hablaban por radio, no hablaban nunca en el mar, cada uno a lo suyo. 'Ndria vertio el cafe en el tapon del termo. Demasiado dulce. Lo bebio en dos tragos. Tiro la primera red a las ventitres y doce. Catorce kilos de anchoas. En la buena temporada sacaba treinta. La flota se habia reducido un cuarenta por ciento desde mil novecientos noventa y seis, los arrastreros industriales se llevaban todo mar adentro con las redes de arrastre, las cuotas europeas, las subvenciones que pagaban el gasoil, y las lampares se quedaban pescando el resto. Catorce kilos a cinco euros el kilo en la cooperativa: setenta euros. El gasoil costaba veintidos. Ganancia neta: cuarenta y ocho euros por una noche en el mar. 'Ndria calo la segunda red.
A las dos de la manana llamo la radio del puerto. No la emisora tunecina, la otra radio, la del canal dieciseis. Era Mauro de la capitania. " 'Ndria, el expediente de desguace esta listo, pasa manana a firmar. " 'Ndria no contesto enseguida. El desguace era esto: doce mil euros por demoler la Maddalena, entregar la licencia, dejarlo. El hijo se lo habia dicho en la cena del domingo, con el tenedor en la mano y la salsa en la camisa: " Papa, coge el dinero, con doce mil euros pagas las facturas dos anos. " El hijo era mozo de almacen en un deposito del puerto comercial, turnos de ocho horas, mil cuatrocientos euros al mes, y tenia razon, los numeros tenian razon, doce mil euros son doce mil euros y una lampara que gana cuarenta y ocho por noche no es un negocio, es un vicio. 'Ndria miro a lampa encendida. Las anchoas giraban en la luz. La radio tunecina sonaba. El mar estaba quieto. Cogio el microfono. " Mauro, no firmo. " " 'Ndria, el plazo vence el quince. " " Lo se. No firmo. " Cerro el canal dieciseis y volvio a la frecuencia de la emisora tunecina. No era romanticismo. 'Ndria no era un romantico, era un viejo que apestaba a pescado y tenia las manos rotas. Pero la noche en el agua era el unico sitio donde el silencio era el silencio justo. No el silencio de la casa con la television encendida, no el silencio del muelle con las gaviotas. U scuru del mar abierto, con a lampa encendida, las anchoas girando, la radio sonando en arabe, nadie que te pida nenti. Ese silencio no valia doce mil euros. Valia mas. O no valia nada. Pero era suyo.
Calo la tercera red a las tres y cuarenta. La tiro a las cuatro y diez. Dieciocho kilos. Total de la noche: cuarenta y seis kilos, ciento ochenta y seis euros netos. Volvio al puerto con el motor al ralenti y a lampa apagada. La emisora tunecina se perdio a media milla de la costa, el laud se volvio siseo y el siseo se volvio silencio. 'Ndria apago la radio. El puerto estaba vacio. El barco de Ferruccio ya estaba amarrado al muelle, la cubierta lavada. 'Ndria amarro en la bita con la grieta, descargo las cajas, las llevo a la camara frigorifica de la cooperativa. El termo estaba vacio. El cafe habia estado demasiado dulce, como siempre. Cerro el barco, puso el candado en el paiol, la Grundig bajo el banco donde siempre estaba, subio al aparcamiento. El coche estaba frio. Se sento y no arranco. Se quedo quieto con las manos en el volante y miro el puerto y el mar que se volvia gris con la primera luz. Yo ese silencio lo conozco. Lo he oido desde otros barcos, en otros anos, cuando las lampares eran cuarenta y el mar era el mismo mar y las anchoas eran las mismas anchoas. El silencio no cambia. Cambian los numeros, las licencias, los plazos, los hijos que te dicen que pares. El silencio se queda. Y mientras se quede, uno sale.