La madre dormía en la habitación pequeña, la que daba al patio, donde por las tardes entraba una luz que Wijdan había aprendido a medir con los años como se mide la respiración de quien está enfermo, es decir no mirándola sino estando en la habitación de al lado, sabiendo por la manera en que la casa permanecía quieta si la respiración seguía ahí; la casa ahora permanecía quieta de la manera correcta. En la cocina el aparador tenía una puerta que no cerraba, desde antes de que Wijdan naciera, una puerta que el padre siempre había dicho que arreglaría, que nadie había arreglado, de modo que dentro del aparador el polvo entraba fino y se posaba sobre todo lo que no se usaba; casi nada, en esa casa, se usaba como antes. La radio estaba en un estante demasiado alto, y para encenderla Wijdan subía cada mañana a un taburete, porque la radio era la manera en que el Yemen entraba en casa, y desde hacía once años el Yemen que entraba en casa era una lista de nombres leídos por un locutor con la misma voz, los nombres de los vivos junto a los nombres de los otros, porque la radio no sabe, cuando lee, qué nombre es cuál.
Esa mañana la radio había dicho que en Ammán, tras catorce semanas de negociaciones, las partes habían firmado la liberación de mil seiscientos detenidos, el intercambio más grande en once años de guerra; y poco después, no por la radio sino por un primo que había pasado a hablar en voz baja en el umbral para no despertar a la madre, había llegado la noticia de que el nombre de Saleh, quizás, estaba en la lista. Quizás, porque la lista no estaba confirmada, porque las listas en once años se habían hinchado y deshinchado, y Wijdan había visto a la madre tres veces levantarse con un nombre en la boca y tres veces volver a sentarse; sabía, con la precisión con que se conoce algo aprendido en el cuerpo de otra persona, cuánto pesa una esperanza que cae sobre quien tiene pocos días. La madre tenía pocos días. El médico no lo había dicho con esas palabras, había dicho otras palabras, pero Wijdan las había traducido, como traducía todo, a lo que se podía hacer y lo que no se podía.
Saleh había sido detenido a los veintidós años, en un control, por una razón que la familia nunca había sabido nombrar con exactitud; y esto, la imposibilidad de nombrar la razón, había sido con los años lo más difícil, más que no tener noticias, porque sin una razón no se puede ni siquiera construir la frase con la que uno se explica una desgracia. La madre, que le ponía el cubierto, era la única que nunca había preguntado la razón, como si poner la mesa fuera su frase, la frase que no necesita un porqué: el sitio en la mesa sostenido contra toda lista, contra toda radio. Durante tres años había seguido nombrándolo al dejar el plato; luego había dejado de nombrarlo, nunca de dejarlo. Wijdan, que desde hacía once años traducía, que era la traductora de la casa, la que tomaba las palabras del médico, de la radio, de los primos, de los vecinos, y las reducía cada una a un gesto posible, sabía que existía una sola manera en que ese plato, esa noche, podía volver a la mesa sin convertirse en una mentira ni en una herida: volver sin una voz que lo anunciara, como una pregunta dejada a la madre.
Llamaron a la puerta. Wijdan abrió y en el umbral estaba la vecina, con el rostro de quien trae algo hermoso y tiene prisa por depositarlo, y dijo el nombre de Saleh, dijo que lo había escuchado en la radio de la tarde, e hizo ademán de entrar, porque una noticia así se lleva adentro, se pone en las manos de la madre. Wijdan se quedó en el umbral. No se apartó. Dijo que la madre descansaba, que ella pasaría más tarde, que gracias; lo dijo con la voz tranquila con que en esa casa se cerraban las puertas sin darles un golpe, y la vecina se detuvo, y dio media vuelta. Wijdan cerró. Luego fue al aparador, abrió la puerta que no cerraba, y sacó el plato de Saleh, que llevaba ahí once años en el mismo sitio, con un círculo de polvo en el borde.
Puso la mesa para tres. Puso el plato de la madre, el suyo, el plato de Saleh; y con un trapo limpió el polvo del borde del tercer plato, un círculo fino que se fue en un solo gesto y dejó la cerámica como Wijdan no la había visto en años. No fue a despertar a la madre. No le diría nada, ni que el nombre estaba, porque no estaba confirmado, ni que el nombre no estaba, porque quizás estaba. Dejaría que la madre, al levantarse, entrara en la cocina, viera la mesa, contara los platos, y preguntara; entonces la pregunta sería de la madre, y la madre tendría, hasta la respuesta, sus días.
La puerta de la habitación pequeña seguía cerrada. Sobre la mesa, mientras tanto, había tres platos, y el tercero ya no tenía polvo en el borde.