El mercado de Abu Zuaima abre a las seis y media del sábado. Omar al-Tijani llega con el coche del primo, un viejo Toyota gris con el parachoques sujeto con alambre, y descarga las botellas de plástico vacías sobre la tela que ha extendido en la esquina del puesto de Suleiman, la tela verde con rayas naranjas que su padre le dejó cuando lo dejó. Las botellas son veinticuatro. Las coloca en dos filas de doce. La garrafa de aceite de sésamo, amarilla y con la inscripción en árabe ya desvaída, queda a la izquierda, bajo el mostrador vacío de Suleiman, que los sábados llega siempre tarde porque el sábado trae a las mujeres de Hamrat al-Sheikh y las mujeres quieren comprar el aceite primero. Omar cuenta los billetes que lleva en el bolsillo desde el comienzo de la semana: son dieciocho, de valor vario. Los mantiene juntos con una goma roja. El coche del primo tiene que devolverlo antes de las once. La cuota de este mes se paga el jueves.
Vierte la primera botella a las siete menos diez. El hilo de aceite es amarillo claro, denso. Lo sostiene firme con la muñeca, lo mira, lo detiene cuando llega al cuello de la botella. Tapa. Toma los billetes de la mujer velada que le tiende cinco. Guarda los billetes en el bolsillo interior de la túnica. Vierte la segunda. El mismo hilo, la misma manera. Tapa. La tercera la toma un hombre anciano que paga en monedas, y Omar cuenta las monedas dos veces y le devuelve tres piastras porque las ha contado de más. La cuarta, la quinta, la sexta. Seis botellas en veinte minutos. Yusuf, el hermano pequeño de nueve años, llega con otros seis envases vacíos del almacén del primo: camina con los brazos tendidos, las botellas sobre la cabeza, porque así pesan menos. Omar le dice que vuelva a casa. Yusuf pregunta por qué. El sol sube, le dice Omar, y tú eres demasiado pequeño para estar en el mercado con el sol alto, y además tu madre te necesita para ir a buscar el agua. Yusuf apoya los vacíos junto a las veinticuatro, gira la cabeza hacia el muro de la mezquita, gruñe un poco. Después camina hacia el pozo del barrio y Omar lo mira hasta que desaparece detrás del muro. El puesto de Suleiman sigue vacío y el sol llega sesgado sobre la tela, y ya es casi la hora de las mujeres.
El estallido llega a las ocho y diecisiete. Es un sonido que no viene del mercado. Viene de arriba. Omar está vertiendo la séptima botella. La mano se le detiene. Después el suelo se mueve bajo los pies y el polvo llega un segundo más tarde, un polvo espeso que le cubre la túnica con un velo gris, y los gritos llegan un segundo después todavía. Omar sostiene la garrafa en la mano. El hilo de aceite se ha interrumpido. La botella de abajo tiene catorce centilitros. Le faltan once centilitros para estar llena. Las voces gritan un nombre que él no oye bien: quizá Hassan, quizá Hussein, quizá nada, quizá un sonido que había sido un nombre y que ahora es solo el sonido de una boca abierta sobre el polvo.
Omar no deja de verter. La mano le tiembla. El hilo de aceite se reanuda, fino, y luego se interrumpe de nuevo porque la mano tiembla más fuerte, y Omar apoya la muñeca izquierda contra el borde del mostrador de Suleiman, hace presión, y el hilo se reanuda, y llega a veinte centilitros. Una mujer corre hacia el mercado desde la carretera de Hamrat. Una mujer sale del mercado por el lado opuesto, con un niño sobre los hombros. Una mujer está en el suelo junto al mostrador de Suleiman y no se mueve. Omar no mira. La botella de abajo llega a veintidós centilitros. Tres centilitros. Vierte. Dos. Vierte. Un centilitro. Vierte. El hilo se detiene. La túnica le pesa sobre los hombros, empapada de polvo como si fuera agua. En alguna parte, detrás del muro de la mezquita, alguien llama a su padre con un nombre que no es el que él usaba.
La botella está llena. Omar la tapa. La apoya de pie sobre la tela verde, junto a las otras seis. Las siete botellas están ahí, en fila, tapadas, de un amarillo uniforme. Omar se mira la mano derecha. El aceite le ha llegado hasta la muñeca, resbalando por la botella mientras el hilo se reencontraba. Se levanta. Las rodillas le sostienen. Oye la voz de Yusuf desde el pozo, quizá, quizá no, quizá era otra voz. Camina hacia el ruido del mercado, que ahora es un ruido de llamadas y de pasos cortos y de agua vertida, y la muñeca derecha le deja una mancha amarilla sobre la tela verde que ha extendido esta mañana a las seis y media, la mancha de una mano abierta, y Omar la mira mientras camina, hasta que la mancha desaparece en el polvo que sigue cayendo.
hecho: el sábado de mercado, en Abu Zuaima (zona de Hamrat al-Sheikh, Kordofán del Norte, Sudán), un dron golpea los puestos en plena actividad: once civiles mueren, decenas quedan heridos. Hamrat al-Sheikh sufre ataques continuos por su posición estratégica entre Kordofán, el Estado del Norte y Darfur.
mundo: En Mindanao, en el sur de Filipinas, un terremoto de magnitud 7.8 deja cuarenta muertos y cientos de heridos, con alerta de tsunami hasta Japón (Il Post). En Ucrania, en la noche del lunes, un ataque ruso de más de setecientos aparatos golpea Kiev: cuatro muertos, cincuenta y ocho heridos (Il Messaggero). En Telangana, en el sur de la India, la ola de calor supera los cuarenta y cinco grados y mata a dieciséis personas (Sky TG24).
Variantes: 5.
Voce Lucido · Pneuma I.
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