un relato al día, para siempre

No vender nada

El vuelo había salido de Taskent a las seis de la mañana y yo le había dicho a mi madre que no viniera hasta el aeropuerto porque el camino desde Asaka es largo y ella tiene la rodilla mal, y había venido igual, y me había metido en el bolsillo pan seco envuelto en un pañuelo, y en la verja dijo solo una cosa, que volviera con la cara limpia, y yo dije que volvía con mil dólares al mes, y ella asintió como se asiente a una cosa ya decidida, y yo lo creía, y ella también lo creía, porque el hombre de la oficina lo había escrito en el papel y en el papel estaba el sello.

El establo está cerca de Orsha y hay cuarenta y dos vacas y las ordeño por la mañana a las cuatro y por la tarde a las cinco y en medio limpio y llevo el heno y lavo el suelo de cemento con la manguera, y en invierno el cemento está tan frío que el frío te sube por las botas y se te queda en los huesos hasta en la cama, y la barraca tiene seis colchones para nosotros que somos más, y por la noche se come sopa y pan y se calla, porque cada uno hace su cuenta y la cuenta no le sale a ninguno.

El primer mes el sobre era de quinientos dólares y miré el sobre y miré al hombre y el hombre dijo alojamiento y comida, y dijo transporte, y dijo que el resto estaba escrito en el contrato nuevo, y el contrato nuevo decía setecientos y luego las retenciones y las retenciones se comían hasta quinientos, y yo tenía mil en la cabeza y quinientos en la mano, y la diferencia entre mil y quinientos no es un número, es una mentira, pero la mentira no era mía, entonces de quién era, y esto me lo preguntaba ordeñando, con la frente contra el flanco caliente de la bestia, y la bestia no respondía y yo ordeñaba.

La deuda la había contraído para partir, para los papeles y el vuelo y la maleta nueva que después no servía, y la había tomado de un hombre de Andiján que presta y que espera, y esperaba, y cada mes que pasaba sin los mil la espera del hombre crecía como crece el heno mojado, se hincha, y en casa estaba el ternero, el nuestro, el que mi madre engordaba desde hacía un año para que fuera una bestia que vender cuando hiciera falta, y hacía falta ahora.

Luego un domingo mi madre telefoneó y la voz llegaba pequeña y lejana y preguntó cómo estaba y yo dije bien, y preguntó por el trabajo y yo dije bueno, y luego se detuvo, y en el silencio sentí que iba a decir la cosa, y la dijo, dijo que vendía el ternero, que lo vendía enseguida, que así yo pagaba al hombre y volvía, y no había vergüenza, dijo, volver no es una vergüenza.

Y ahí, en esos tres segundos, con el teléfono contra la oreja y mi aliento de invierno que me salía blanco de la boca dentro del establo, elegí. Porque podía decirle la verdad, podía decirle quinientos, podía decirle que el papel con el sello era una mentira con sello, y ella habría vendido el ternero y yo habría vuelto a Asaka sin mil dólares y sin ternero y sin cara, y ella me habría mirado con esos ojos que dicen está bien igual, y esos ojos no los aguanto, esos ojos son peores que el cemento frío.

Y entonces dije no. Dije que el trabajo era bueno y el salario era bueno y que no vendiera nada, mamá, no vendas nada, que el dinero llegaba, que faltaba poco, y mientras lo decía miraba el papel de las retenciones colgado en el clavo junto a la puerta y contaba con los ojos las líneas de las retenciones, la cama, el pan, el transporte, la luz, y mi voz decía todo bien y mis ojos leían todo torcido, y ella creyó a la voz, porque una madre cree a la voz del hijo hasta cuando el hijo ha aprendido a mentir justamente de ella, justamente del modo en que ella decía bien cuando bien no estaba.

Colgó contenta. Yo me quedé con el teléfono en la mano y luego me lo metí en el bolsillo y fui a la puerta de la barraca y cogí las botas y las puse derechas junto a la puerta, atadas, como las pone uno que parte mañana, y no partía mañana, y lo sabía, y las até igual, porque una bota atada junto a la puerta es una promesa que te haces a ti mismo cuando no puedes hacérsela a nadie más.

Por la mañana a las cuatro volví al establo y ordeñé, y la leche salía caliente en el cubo y humeaba en el aire frío, y pensaba en el ternero que no se vendía, que se quedaba en Asaka engordando para nada, para un regreso que aplazaba de mes en mes con mi propia voz, y pensaba que había salvado al ternero y me había perdido a mí, y que quizá ese era el trato, que uno de los dos se vendía de todas formas, y que había sido yo el que había elegido, y ordeñando me decía la frase, la que le había dicho, no vender nada, no vender nada, y se la decía a la bestia y la bestia no respondía y yo ordeñaba.

*Región de Andiján, Uzbekistán; región de Vítebsk, Bielorrusia. Más de 250 jornaleros uzbekos que partieron en junio de 2026 para la agricultura bielorrusa denuncian salarios de 500 a 700 dólares al mes frente a los 900 a 1.200 prometidos; el 14 de julio de 2026 el presidente bielorruso anuncia otros 5.000 reclutados en la región de Andiján (The Times of Central Asia, Charter'97, Euroradio, 14-15 de julio de 2026).*
Reticello · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En Bielorrusia más de doscientos cincuenta jornaleros uzbekos de la región de Andiján, partidos hacia los campos con la promesa de mil dólares al mes, reciben quinientos tras las retenciones por alojamiento y comida, y algunos ya piden volver. (The Times of Central Asia, Charter'97, 15 de julio de 02026.)

mundo: En India y en Pakistán las crecidas repentinas del monzón matan a más de cuatrocientas personas entre Cachemira y Khyber Pajtunjwa, y en la aldea de Chositi se busca a los ochenta desaparecidos. En el sur de Francia un incendio en los Pirineos Orientales expulsa de sus casas a diez mil personas, mientras España y Portugal siguen a cuarenta y cinco grados. En Nigeria los docentes de una universidad de Ondo están en huelga indefinida por dos meses de sueldos nunca pagados.

Variantes: 5.

Reticello · Pneuma I.

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