El gorro de lana gris con la raya blanca alrededor del borde estaba en el segundo cajón de la cómoda desde marzo del año anterior, desde que la madre de Kanchana se lo había puesto en la mano diciendo que una cosa así se prepara antes, se prepara cuando todavía no hace falta, porque una abuela que espera tiene derecho a trabajar mientras espera; y Kanchana lo había cogido, le había dado las gracias, lo había guardado en el fondo del cajón bajo las sábanas buenas que no se usaban nunca, en ese lugar donde se ponen las cosas que se conservan no porque sirvan sino porque nombran un tiempo que aún ha de venir, y desde entonces cada vez que abría el cajón para coger una funda de almohada lo veía, pequeño, cerrado sobre sí mismo como un puño, y cada vez lo dejaba donde estaba.
Ahora, esta mañana, Kanchana sostenía el gorro sobre la palma abierta y lo miraba a la luz que entraba oblicua por la ventana del cuarto, en Katugastota, donde vivía con el marido en dos habitaciones alquiladas encima de la ferretería, y pensaba —o mejor, no pensaba, hacía esa cosa que no es pensar y no es recordar sino tener dos tiempos en el mismo instante— pensaba en el peso que aquel gorro habría tenido sobre una cabeza que todavía no existía, la cabeza pequeña y cálida y húmeda de un niño que en dos mil veinticuatro no había nacido, ni en dos mil veinticinco, y que ahora, mientras el presupuesto del mes no cuadraba y la fábrica de Pallekele había suprimido el turno de noche y el arroz costaba lo que costaba, ya no sabía situar en ningún año, en ningún mes preciso, en ninguna de las casillas del calendario colgado en la cocina junto al fogón.
En la fábrica, donde Kanchana cosía cuellos doce horas al día y ahora cosía ocho porque el turno de noche lo habían cerrado en mayo sin decirlo, solo quitando los nombres de la lista colgada en el cristal de la portería, la encargada Malani había dicho la semana anterior, delante de todas, con la voz de quien cree dar un buen consejo, que en estos tiempos un hijo es un lujo que se compra a plazos durante veinte años, y que las chicas sensatas esperan; y Kanchana había asentido con las demás, porque era verdad, porque Malani no decía nada que no fuera verdad, y precisamente por eso la frase se le había quedado encima como se queda encima no una mentira, que se sacude, sino una verdad que no se puede llevar.
En el piso de abajo, más allá de la pared delgada, se oía a Nadeeka. Nadeeka era la mujer del ferretero, tenía veintiocho años como ella, y desde hacía cuatro meses llevaba una barriga que ya le cambiaba el modo de sentarse, de levantarse, de apoyar las manos en las caderas mientras hablaba; y la noche anterior, en las escaleras, con esa naturalidad de las mujeres que no saben que hieren, Nadeeka le había preguntado si acaso no tendría algo de lana para niño, algo pequeño, que ella no llegaba a tiempo de prepararlo y comprarlo nuevo, en estos tiempos, con lo que pedían.
(La habitación de abajo Kanchana la conocía sin haberla visto nunca bien: la había entrevisto una vez por la puerta entornada, una cama grande, un televisor encendido sin volumen, un calendario de los templos con las páginas de los meses pasados no arrancadas sino dobladas hacia atrás, como si Nadeeka no tirara el tiempo sino que lo mantuviera vuelto, y en el alféizar una hilera de botes de hojalata vacíos, lavados, alineados, a la espera de contener algo que aún no había que meter dentro.)
Y entonces la pregunta era sencilla, la pregunta era una sola, es decir si bajar las escaleras con el gorro en la mano y dárselo a Nadeeka, hacerlo entrar en una casa donde un niño llegaría con seguridad, en octubre, con la fecha marcada, o volver a ponerlo en el cajón bajo las sábanas buenas y guardarlo un año más, uno solo más, como se guarda el billete de un tren que quizá no saldrá pero que mientras no lo rompes sigue siendo un tren.
Porque darlo quería decir una cosa que las palabras no tenían el valor de decir en voz alta, y la cosa era esta: que el gorro ya no estaba en espera, estaba en retraso; que su madre había tejido con las agujas para una cabeza que había dejado de acercarse y había empezado, sin que nadie lo decidiera en un día preciso, a retroceder; que la estadística de la que había oído hablar en la radio, los ciento veinte mil que faltaban, los niños que en todo el país no habían nacido en una década, no era una noticia lejana sino que era exactamente este gesto de aquí, multiplicado, este bajar o no bajar las escaleras con un gorro en la mano, repetido en cien mil cocinas, encima de cien mil tiendas, en cien mil mañanas oblicuas como esta.
Kanchana pasó el pulgar por la raya blanca del borde. La lana estaba todavía buena. Su madre había tejido apretado, las agujas finas, los puntos densos, porque un gorro ancho deja pasar el frío y un gorro apretado no, y la abuela que espera teje apretado para el frío que aún no existe.
Oyó a Nadeeka mover una silla, abajo. Oyó el agua del grifo.
Se levantó. Se quedó de pie en medio de la habitación con el gorro sobre la palma, y por un instante, un instante solo, la cabeza pequeña y cálida existió, la sintió, el peso exacto, y luego dejó de existir.
Abrió el cajón.
hecho: En Sri Lanka los nacidos en 2025 son casi ciento veinte mil menos que diez años antes; la crisis del coste de la vida empuja a muchas parejas jóvenes a aplazar los hijos, mientras el país se desliza hacia la fertilidad ultrabaja. (Xinhua, 14 de julio de 02026.)
mundo: En el Congo los casos de ébola superan los dos mil, con setecientos cincuenta y cuatro muertos, y los sanitarios del hospital de Bunia se declaran en huelga por los salarios que nunca llegan (Al Jazeera). En Sudán la guerra ha matado al menos a cincuenta y nueve mil personas y ha desplazado a trece millones, y nuevos combates amenazan a los civiles de El Obeid (Just Security). En los Alpes franceses un bombero de veintidós años muere contra los incendios del tercer calor del verano (World Socialist Web Site).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma II.
123 relatos