Sale a las seis y media. El portón chirría. Silba dos notas y los animales responden a la segunda.
Sesenta y una cabezas. Las cuenta porque se cuentan. Las cuenta al salir y las cuenta al volver, y en seis años no ha perdido ninguna, y por eso lo tomaron.
Lleva los cordones atados por encima del tobillo, no por debajo, porque en la hierba alta los de abajo se sueltan. En el morral lleva una botella de plástico cortada por la mitad, que le sirve de pala para el agua, y cada noche se la lleva a casa y la pone a secar sobre el murete, boca abajo.
El pastizal está detrás del pueblo, hacia abajo, donde el agua se queda. Primero se va despacio, que los animales comen caminando. Primero se lleva el rebaño apretado en la pista. Primero se mira la carretera, que está lejos y es blanca, y por la que casi no pasa nadie.
El corral es malla sobre un marco de tubo, con la pintura verde saltada en tres puntos, y el alambre que sujeta el portón lo retorció él, tres vueltas, hace seis años.
Al volver, a las cinco, el portón chirría del otro lado y el chirrido es el mismo. Luego se vuelve a cerrar el alambre. Luego se cuenta otra vez. Luego se va a casa por la pista baja, que es diez minutos más larga pero no pasa por delante de las casas.
Ese jueves el camión llega a primera hora de la tarde. Tiene una lona gris y una rampa de madera atada al costado.
No se apresuran. Desatan la rampa, la apoyan, la prueban con el pie. Uno se queda arriba, dos abajo.
Cargan como se carga. Agarran las cabras por la pata trasera y las pasan hacia arriba, y el de arriba las mete tirando del cuello, y la chapa de la caja hace un ruido de tambor cada vez.
Luego el hombro. Uno de los tres sujeta el portón con el hombro, porque el portón, abierto, vuelve solo.
Ontiretse llega desde abajo y los ve y no grita. Dice buenas tardes.
Uno tiene una pala. La sujeta por la mitad del mango y la usa para empujar a los animales rampa arriba, de plano, en los costados.
Luego la levanta.
El golpe llega de plano en el hombro y no en la cabeza. Desde el suelo la cuenta se hace rápido: el que te quiere muerto no te da de plano.
Desde el suelo ve el alambre del portón a tres pasos, y las patas, y la rampa, y bajo la caja un charco de orina que se ensancha.
Intenta levantarse. El hombro no aguanta.
Entonces el de la pala baja la herramienta un palmo. La mantiene quieta en el aire. Y se aparta a un lado, dos pasos, y deja libre la carretera.
Luego lo dice.
Nadie te pide que mueras por animales que no son tuyos.
Y Ontiretse, en el suelo, con el polvo en la boca, no responde. En la primera mitad el otro tiene razón. En la última palabra tiene razón dos veces, porque no son suyas, nunca lo han sido, y en seis años nadie le ha regalado una, ni una vieja, ni una enferma.
La carretera está libre. Tres pasos y llega.
Ontiretse se incorpora con la mano izquierda, porque la derecha no responde bien, y no toma la carretera. Va al portón.
El alambre está retorcido tres veces. Lo desenrolla con dos dedos, girando al revés, y se corta debajo de la uña y no lo siente. El tubo está frío. El portón se le viene encima, pesado, chirría, y chirría fuerte porque nadie lo sujeta.
Luego entra dentro, en medio de los animales, con los brazos abiertos, y los empuja fuera.
No silba. Grita el silbido, las dos notas con la garganta, y los animales no responden a la segunda, responden a la primera, porque una voz que grita no es el silbido que conocen y es peor, y peor es lo que hace falta.
Salen. Salen del lado de la carretera, en medio de los hombres, por debajo de la rampa, por encima de la rampa, y uno de los tres blasfema y suelta la correa, y la correa golpea la madera.
Sesenta y una cabezas se dispersan en seis segundos. Van hacia la zanja, hacia los campos de atrás, hacia la curva.
Ontiretse se queda en medio del corral vacío con el alambre todavía en la mano.
En seis años nunca ha abierto ese portón por la tarde. Y nunca por ese lado.
Bareng no pregunta cómo está.
Pregunta dónde están.
Ontiretse dice que están en la carretera y en los campos de atrás. Lo dice una vez y Bareng no responde, y entonces lo dice otra vez, y añade que el portón lo abrió él.
Bareng lo mira. No a la cara. Mira el hombro, que está más bajo que el otro.
Luego coge el teléfono y llama, y mientras habla por teléfono camina de un lado a otro delante de la puerta, cuatro pasos y cuatro pasos, y no deja de mirarle el hombro.
Cuando termina le da su botella de agua, la de verdad, la de vidrio que guarda en casa, no la media botella de plástico que Ontiretse se lleva al corral y trae a casa cada noche.
Luego va a por el coche.
Hacen falta dos días. El segundo día, hacia las cinco, Bareng las cuenta en el patio, una por una, con la mano en el lomo de cada una como se cuentan las cosas que se tocan.
Luego lo dice, sin volverse, como se dice una hora.
Sesenta y una.
Ontiretse está apoyado en el poste del portón nuevo. Pregunta si están todas.
Bareng dice que ha dicho sesenta y una.
Y entonces Ontiretse pregunta la otra cosa.
hecho: En Khaukhwe, en el distrito de Pudimoe, en el Noroeste, 3 hombres cargan en un camión 61 cabras y ovejas y golpean con una pala al pastor que los ve. La policía recupera las 61 cabezas y detiene a los 3, procesados en Vryburg. (SAPS Noroeste vía Accidents.co.za y The Bulrushes, 20 de septiembre de 02026.)
mundo: En Los Baños, en Filipinas, siete mil estudiantes salen de las aulas contra la corrupción en las obras de defensa contra las crecidas, la marcha más grande que se ha visto allí (Philippine Daily Inquirer). En la zona de Oni, en el estado sudanés del Mar Rojo, cinco pozos artesanales ceden uno tras otro: diez mineros mueren, veintiuno resultan heridos (CGTN). En Argentina la cámara de apelaciones ordena el desalojo de la fábrica de neumáticos Fate, y los obreros lo rechazan en los portones (Página 12).
Variantes: 5.
Soffiato · Pneuma II.
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