Halyna Nykolaivna empieza la ronda de las nueve a las nueve y siete, con siete minutos de retraso porque la escalera del segundo piso ha vuelto a mojarse con la lluvia entrada por la ventana rota, y antes de subir ha tenido que pasarle la fregona. No es asunto de su cargo — la ventana es competencia de la comunidad, no de la portería —, pero la escalera es competencia suya, y en una escalera mojada los viejos se caen. Tiene sesenta y seis años. Sabe lo que significa caerse en una escalera.
El primer piso está en el silencio de la mañana del lunes, con las puertas cerradas y los pasos de los vecinos que se oyen a través de las puertas. En el segundo está el ruido del televisor del señor Onyshchenko, que lo pone alto porque su mujer ya no oye bien. En el tercero, ningún ruido. En el cuarto, la mujer del veintitrés sale con la bolsa de la compra y le dice buenos días, y Halyna le responde, y la mujer baja, y Halyna sigue.
En el quinto piso oye el primer estruendo. No es el primero de la guerra. Es el primero de esta mañana. Lo reconoce por el timbre — es un estruendo pleno, no un estruendo ligero — y sabe que es un misil y no un dron. A los drones ya no les presta atención. A los misiles sí. Se detiene en el rellano del quinto, apoya una mano en la pared. La pared tiembla despacio. Nadie sale de las puertas. Es lunes por la mañana. Quien puede está en el trabajo.
Sube al sexto. Sube al séptimo. En el séptimo la vieja del cuarenta y dos le pregunta si sabe qué ha sido, y Halyna dice no lo sé. No lo dice para tranquilizar. Lo dice porque es verdad. No sabe dónde ha caído. Sabe que ha caído cerca. Sigue.
En el octavo piso la pared del pasillo ya no está. No toda: la mitad derecha del pasillo, del cuarenta y siete al cincuenta y dos, está suspendida sobre el vacío. La puerta del cuarenta y siete sigue en su sitio, pero la pared de al lado no está, y por el hueco se ve el cielo de Kiev, un cielo gris con un penacho de humo blanco que sube hacia el oeste. No hay polvo en el aire. El polvo ya se ha posado. El derrumbe ocurrió hace una o dos horas, quizá más.
Halyna se queda quieta. Luego empieza la ronda. Ha aprendido a hacer la ronda del octavo de derecha a izquierda, pero esta mañana no puede, porque la derecha no está, así que empieza por la izquierda. Llama al cincuenta y tres. No responde nadie. Llama al cincuenta y cuatro. No responde nadie. Llama al cincuenta y cinco. No responde nadie. Las puertas del lado izquierdo están cerradas con llave y nadie responde porque es lunes por la mañana, y ella lo sabe, y llama de todos modos.
Llama porque la ronda es la ronda. La ronda no es para que respondan. La ronda es para que se sepa que alguien pasa, que alguien vigila, que en el edificio todavía hay portería. Si una puerta se abre, pregunta si hace falta algo. Si una puerta no se abre, sigue. Así es desde hace treinta y cinco años. Primero en el veintinueve de la calle Zdolbunivska. Luego aquí.
Cuando llega a la mitad del pasillo se detiene ante el lugar donde debería estar el cuarenta y nueve. El cuarenta y nueve es Solomiya, la costurera de veinticuatro años que se mudó en abril y que le pidió que le guardara un paquete de telas hasta que pudiera subirlo. Halyna se lo guardó una semana, luego Solomiya pasó, dio las gracias, se llevó el paquete. Halyna recuerda que era baja. Recuerda el pelo oscuro y la voz que bromeaba sobre el apellido — Yakovleva, como el apellido de un político que Halyna nunca entendió bien quién era.
Llama al cuarenta y nueve. Llama en el vacío, porque el cuarenta y nueve no está. La puerta del cuarenta y nueve cayó con la pared, y la puerta del cincuenta también. Pero Halyna llama donde debería estar la puerta del cuarenta y nueve, y se queda un momento escuchando, como si alguien pudiera responder.
Nadie responde. Sigue. Llama al cincuenta y uno. Ya no está. Llama al cincuenta y dos. Ya no está. Llama al cincuenta y tres, que debería estar al principio del pasillo del lado derecho donde empezó todo, pero el cincuenta y tres estaba en el lado izquierdo y sigue ahí, y esta vez Halyna se equivoca, y llama a la puerta del cincuenta y tres por segunda vez, porque ya había llamado al principio de la ronda.
La señora del cincuenta y tres abre la puerta. Está en zapatillas. Pregunta si sabe qué ha sido. Halyna dice el cuarenta y nueve ya no está. La señora del cincuenta y tres la mira, no entiende. Halyna se lo dice de nuevo: el cuarenta y nueve ya no está, el cincuenta ya no está, el cincuenta y uno ya no está, el cincuenta y dos ya no está. La señora del cincuenta y tres se cubre la boca con la mano.
Halyna sigue. En el séptimo piso se detiene. Tiene que volver a bajar a la portería a por el cuaderno con los números de teléfono y llamar a las familias. Pero antes de bajar vuelve al octavo, y se detiene otra vez ante el cuarenta y nueve. Llama. Llama despacio. No espera respuesta. Baja.
hecho: En la noche del 5 al 6 de julio de 02026 un ataque ruso combinado — trescientos cincuenta y un drones y sesenta y ocho misiles, entre ellos veintinueve balísticos — mata al menos a doce personas en Kiev y hiere a sesenta; en el Podilskyi un edificio residencial se derrumba parcialmente, en el Darnytsia varios edificios de varias plantas resultan dañados (NPR).
mundo: En Manila el Departamento de Trabajo anuncia una subida histórica del salario mínimo de ochenta y cinco pesos al día, primer tramo desde el diecinueve de julio, para más de un millón de trabajadores (Rappler). Bajo el Pacífico Sur la marina china lanza un misil balístico de largo alcance desde un submarino de propulsión nuclear; Nueva Zelanda protesta por la violación de la zona desnuclearizada (Associated Press). En el Senado de Filipinas se abre el juicio de destitución contra la vicepresidenta Sara Duterte (Associated Press).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma I.
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