Y entonces entro en la sala y los muebles ya están cubiertos con las sábanas que Safiya dispuso anoche antes de partir para Shubra, sábanas blancas con el orillo rojo que mi madre había comprado en el mercado de Attaba en mil novecientos noventa y dos, y miro la mesa cubierta y recuerdo que mi madre en ese mismo sitio me servía el té negro los domingos por la mañana, y miro el sofá cubierto y recuerdo que mi padre leía *Al-Ahram* sentado en ese sofá, que entonces era de terciopelo verde botella y hoy es de una tela oscura que nunca he entendido, y pienso que el lunes a las ocho llega la excavadora y yo tengo que haber terminado pronto.
Hoy es viernes veinticuatro de abril. Me lo digo a mí mismo como si fuera una fecha importante, y en cierto modo es una fecha importante: el lunes a las ocho llega la excavadora y yo tengo que haber terminado el domingo por la noche. El martes esta casa será un montón de ladrillos con dentro un eco de mi infancia que nadie volverá a oír. Tengo sesenta y cuatro años y nací en esta casa, Galaa veinticuatro, tercer piso, el seis de julio de mil novecientos sesenta y dos. Mi padre había comprado el apartamento tres años antes, en el cincuenta y nueve, a un mercader armenio que emigraba a Canadá; el precio fue trescientas libras egipcias y mi padre tardó siete años en pagarlas. Cuando murió en dos mil tres me dejó la casa y un reloj de bolsillo Tissot que ahora está en la caja de zapatos sobre la mesa del salón.
La caja. La caja es de cartón, era la caja de un par de zapatos Bata del cuarenta y dos que había comprado en Zamalek en el noventa y cinco. Dentro he puesto cinco objetos. El reloj de mi padre, el Tissot con la cadena de cobre que no funciona desde dos mil quince. *Tartarin de Tarascon* de Alphonse Daudet, edición Flammarion, mil novecientos treinta y dos, que mi padre leía en francés y que yo he empezado tres veces sin terminarlo. *Les Misérables* tomo primero, misma edición. *L'Étranger* en edición de bolsillo del setenta y ocho. Y la foto de la boda mía y de Safiya, diez de junio del noventa y uno, en el centro está Safiya con el vestido blanco que su hermana le había cosido, a los lados están los parientes que hoy cuento con los dedos de una mano.
Cinco objetos. La caja está casi llena. Todavía hay sitio para uno, quizá dos. En Shubra el apartamento que hemos alquilado tiene treinta y dos metros cuadrados en el séptimo piso de un edificio sin ascensor; hemos negociado durante tres meses, el precio es ocho mil libras al mes, la mitad de lo que el ayuntamiento nos ha dado por Galaa veinticuatro, dos mil cuatrocientas libras por metro cuadrado por ciento dieciséis metros. La cuenta la ve hasta un niño. Safiya ha dicho: *Mohamed, no te lleves demasiadas cosas viejas, no hay sitio.* Yo he dicho de acuerdo, Safiya.
Voy a la cocina. Al abrir la alacena veo la caja de herramientas de mi padre, la verde de hierro con la tapa que ya no cierra, que papá guardaba encima de la nevera desde los años sesenta. La cojo. Encuentro el destornillador plano, mango de madera roja, que recuerdo en sus manos. Vuelvo a la puerta de entrada.
El pomo es de latón y papá lo hizo poner en el sesenta y tres porque el original se había desprendido el día de la inauguración, y había pagado a un artesano del barrio, y había elegido latón y no hierro porque el latón no se oxida. Nunca había desatornillado un pomo en mi vida; las manos no sabían qué hacer. Meto el destornillador en la ranura. El tornillo está oxidado, la cabeza se redondea al segundo intento. Entonces cojo un cuchillo de la cocina, un cuchillo de acero que Safiya usa para el pan, y hago palanca entre el pomo y la puerta. Al cuarto intento el pomo se suelta con un pequeño tirón que me queda en la muñeca.
Lo tengo en la mano derecha. Está frío, pesa la mitad de lo que pensaba que pesaba. La puerta ahora tiene un agujero cuadrado donde entraban el tornillo y el cilindro. No miro el agujero. Miro el pomo.
Vuelvo al salón. Abro la caja. Cinco objetos. Miro *Tartarin*. El libro que nunca he terminado. Lo saco de la caja. Lo pongo en el suelo. Pongo el pomo en su sitio. Cierro la caja.
Me quedo un minuto mirando el libro en el suelo. Luego lo recojo. Bajo las escaleras con la caja bajo el brazo derecho y *Tartarin* bajo el brazo izquierdo. Cuatro pisos. En el portal de la planta baja están las pilas de cosas que los vecinos dejan para los recicladores: papel, trapos, ollas torcidas. Pongo *Tartarin* encima de la pila de papel. Lo miro un segundo. Luego salgo a la calle.
Avenida Ramses, estación, tren a Shubra. Me siento junto a la ventanilla con la caja en las rodillas. El tren sale. Miro afuera. Pienso: *Tartarin* era un libro que yo nunca había terminado, y papá nunca había sabido que yo nunca terminaría *Tartarin*.
La caja ahora pesa más. El pomo.