un relato al día, para siempre

Para quien viene después

Hace un año, una tarde de mayo, había llegado a casa de Felista una familia de Cabo Delgado. Un hombre, una mujer, tres hijos. Habían caminado nueve días. No tenían nada en las manos ni nada en la cabeza, porque quien parte deprisa parte sin hatillo.

Felista había despejado el rincón del patio cubierto por el cobertizo. Había sacado una estera del arcón. La estera era de hojas de palma trenzadas, larga como un hombre tendido. El borde se había gastado con los años. Felista lo había vuelto a coser dos veces: una vez con hilo negro, una vez con hilo rojo, porque el negro se había acabado.

Había desenrollado la estera bajo el cobertizo. La mujer de Cabo Delgado había hecho dormir allí a sus tres hijos. La familia se había quedado cuatro meses. La mujer ayudaba a Felista a machacar la mandioca en el mortero. Los niños habían aprendido el camino del pozo. Después la familia había encontrado un campamento más al sur y había vuelto a marcharse. La estera había vuelto al arcón. Esto ocurría hace un año, en el distrito de Felista, en la provincia de Nampula.

Las noticias llegaron despacio, en dos semanas. Primero eran noticias de Cabo Delgado, y Cabo Delgado estaba lejos. Después los ataques pasaron la frontera de la provincia. Después llegaron a las aldeas del norte del distrito. Al final las noticias se convirtieron en los vecinos que llamaban a la puerta para decir una sola frase: nosotros nos vamos.

En la radio decían un número. Decían cien mil personas en fuga en dos semanas. El número era grande. Felista no sabía cómo se sostiene en la mano un número así. Sabía contar a los suyos: tres hijos, una madre anciana, ella misma. Cinco.

Su madre no quería partir. Una mujer anciana mide las distancias de otra manera: no en kilómetros, sino en cuántas veces tendrá que sentarse al borde del camino. Felista le dijo una sola cosa. Le recordó que la familia de Cabo Delgado, un año antes, había caminado nueve días con tres niños pequeños. La madre no respondió. A la mañana siguiente fue la primera en salir al camino.

Los vecinos se habían marchado primero. Primero la familia de la casa de al lado, después la siguiente. Se habían ido al amanecer, en fila por el camino de tierra, con los hatillos en la cabeza. Felista los había mirado desde el umbral.

Las casas que se vaciaban quedaban en pie, con las puertas abiertas. Una casa vacía, en tiempo de fuga, no es una casa. Es un refugio que espera a alguien. Felista lo sabía desde hacía un año exacto.

La mañana de la partida, Felista preparó el hatillo. Es un procedimiento, y un procedimiento se hace con orden. Metió dentro la harina de mandioca. Metió la manta. Metió el documento, envuelto en una bolsa para que la lluvia no lo tomara. Metió la sal. Metió las cerillas. Metió la olla grande, después la sacó. La olla pesaba más que un hijo. Una mujer que lleva la olla al hombro no lleva al hijo al hombro. Felista dejó la olla sobre el fogón.

Contó de nuevo: la harina, la manta, el documento, la sal, las cerillas. Cinco cosas para cinco personas. Era todo lo que las manos podían sostener hasta el sur.

Después fue al arcón. Sacó la estera.

La estera entraba en el hatillo en un momento. Era ligera. Pesaba menos que la harina. Felista habría podido llevarla nueve días sin sentir su peso sobre la nuca.

Felista no la metió en el hatillo.

Fue bajo el cobertizo. Barrió el suelo de tierra apisonada con la escoba de sorgo, hasta el rincón. Lo barrió como se barre una habitación que espera a un huésped. Después desenrolló la estera sobre el suelo limpio. La extendió bien recta. Alisó el borde recosido, el tramo con hilo negro y el tramo con hilo rojo. La estera quedó allí, abierta, bajo el cobertizo.

Felista sabe quién camina ahora por los caminos del norte. Lo sabe porque hace un año los vio llegar y los contó: un hombre, una mujer, tres hijos, nueve días, nada en las manos. Alguien pasará por esta casa dejada vacía. Se detendrá a la sombra del cobertizo. Encontrará un techo. Encontrará una estera extendida, lista, y comprenderá que alguien, antes de marcharse, había pensado en quien venía después.

Felista se puso el hatillo en la cabeza. Tomó de la mano al hijo más pequeño. La madre y los otros dos ya estaban en el camino.

En el umbral se detuvo. Miró dentro una última vez. El fogón con la olla grande. El cobertizo. Bajo el cobertizo, en el rincón barrido, la estera abierta.

No cerró la puerta. Una puerta cerrada dice que la casa tiene un dueño y que el dueño vuelve. Felista dejó la puerta entornada, como se deja para alguien que todavía tiene que entrar.

Después tomó el camino de tierra hacia el sur, detrás de la madre, con el hatillo en la cabeza y el niño de la mano. Ahora era una de la fila. Era una de las cien mil.

Norte de Mozambique. A mediados de mayo de 02026 UNHCR estima en casi cien mil el número de personas desplazadas en dos semanas: los ataques armados se extienden de la provincia de Cabo Delgado a la de Nampula, y las comunidades que habían acogido a los desplazados se ven a su vez obligadas a huir. (UNHCR, mayo de 02026.)
Incalmo · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En el norte de Mozambique los ataques armados pasan de Cabo Delgado a la provincia de Nampula. En dos semanas casi cien mil personas huyen, y las comunidades que habían acogido a los desplazados deben a su vez dejar sus casas. (UNHCR, mayo de 02026.)

mundo: En una mina de oro ilegal de Sumatra Occidental un talud de treinta metros se derrumba bajo la lluvia y sepulta a nueve mineros. En Uttar Pradesh tormentas y rayos matan a más de cien personas en dos días. Frente a una mezquita de San Diego dos jóvenes armados matan a tres personas antes de quitarse la vida. En Corea del Sur comienza la huelga más grande jamás vista en la industria de los chips.

Variantes: 5.

Incalmo · Pneuma I.

Everyday Endless es un organismo narrativo. Cada día se alimenta de las presiones del mundo real y las transforma en relato. Lo que el hecho llega a ser depende del día: el dispositivo cambia de forma, el material cambia de voz, la distancia de lo real cambia de profundidad.

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