A las nueve el camión llega a la verja de Jalan Medan Merdeka Barat. Yulius Wenda descorre el cerrojo de la puerta lateral. El cristal del vestíbulo echa su cara hacia delante, luego la deja pasar.
Las cajas son de madera clara, con las esquinas de metal. Doce. Un hombre con chaqueta azul las cuenta en voz alta. Yulius pone las manos en la carretilla. Las ruedas hacen ruido sobre el mármol.
En la sala grande han quitado las sillas. Hay una mesa larga, cubierta de paño rojo. Hay una bandera. Están los cables de las cámaras, fijados al suelo con cinta amarilla. Yulius pasa el trapo por la mesa una última vez. El trapo recoge el polvo y la mesa sigue roja.
Yulius lleva seis años en Yakarta. Limpia las salas del museo de siete a tres. Vive en Tanah Abang, en un cuarto con otros dos hombres de Papúa. Por la mañana toma el autobús número doce. El autobús pasa bajo los rascacielos y Yulius mira el cristal de los rascacielos y en el cristal está el cielo de Yakarta, que es blanco de calor.
Abren la primera caja a las diez. Dentro hay viruta de madera. Un hombre con guantes blancos hunde las manos y saca un hacha de piedra. La piedra es verde, pulida, atada al mango con una cuerda de fibra. El hombre la posa sobre un cojín. La cámara dispara.
De la segunda caja sale un trozo de madera tallada, oscuro, con la forma de un hombre sentado sobre otro hombre: es un trozo de un poste asmat, los de la costa del fango, que no son la gente de Yulius pero que Yulius reconoce, porque la cara del hombre tallado es la cara de quien mira de frente y no cierra los ojos. De la tercera sale una corteza pintada del lago Sentani, enrollada, con círculos rojos. Las alinean todas sobre el paño.
Yulius está contra la pared, con el trapo en la mano. Mira el hacha sobre el cojín.
El hacha es una ye. El verde es el verde de la piedra del río, la que solo se encuentra aguas arriba de Wamena, donde el agua está fría incluso a mediodía. La cuerda está anudada en cuatro vueltas y media. El nudo de la cuarta vuelta es más apretado que los otros. Su abuelo anudaba así. Su abuelo anudaba así porque lo había aprendido del padre, y el padre del padre, y las ye de aquel nudo eran las ye del valle de Yalengga, y el valle de Yalengga es donde Yulius nació.
Un hombre con una banda al cuello entra por la puerta. Todos se vuelven. Las cámaras se encienden. El hombre americano estrecha la mano del ministro. El ministro dice unas palabras en indonesio. Luego las dice en inglés. Sobre la mesa, detrás de ellos, las hachas de piedra están alineadas sobre once cojines. La duodécima caja sigue cerrada.
«Volvemos a casa», dice el ministro. «Estos objetos vuelven a casa.»
Yulius mira la ye sobre el primer cojín. Casa está a tres mil kilómetros. Casa son tres vuelos y una carretera de barro. En el valle de Yalengga no hay cristal. En el valle de Yalengga la ye cuelga del poste de la choza, y cuando un hombre entrega a una hija en matrimonio la descuelga del poste, la sostiene en las manos ante el padre del muchacho, y la mano que la sostiene tiembla, y ese temblor es parte del precio.
Las manos con guantes blancos levantan la ye y la llevan hacia la vitrina. La vitrina es de cristal, iluminada por dentro. Dentro hay un soporte de plexiglás transparente, cortado a medida. Posan la ye sobre el soporte. La piedra verde no toca nada: queda suspendida en la luz, sostenida por dos ganchitos que no se ven.
Cierran la puerta. La cerradura hace un ruido pequeño.
Un fotógrafo se acerca a Yulius. «Perdone», dice, «¿puede apartarse? Quita la luz.»
Yulius se aparta un paso.
El ministro hace la ronda de las vitrinas con el hombre americano. Se detienen ante la ye verde. El ministro señala el nudo, la cuerda, la piedra. Dice algo sobre la procedencia. Dice el nombre de un distrito. No es el distrito correcto. Yulius oye el nombre equivocado y se queda contra la pared, con el trapo en la mano.
Podía levantar la mano. Podía decir: esta viene de Yalengga, el nudo lo hacía mi abuelo, la llevaba mi abuela el día que la entregaron en matrimonio, yo conozco la cuarta vuelta. Podía. La sala está llena de cámaras y su voz se oiría.
No levanta la mano. Pasa el trapo por el cristal de la vitrina de al lado, donde el cristal aún no tiene huellas, y lo limpia igualmente.
A mediodía desmontan los cables. Se llevan el paño rojo. Las sillas vuelven a su sitio. Yulius se queda para la última ronda. Pasa con el trapo por delante de las vitrinas. Ante la ye verde se detiene.
Desde fuera el cristal tiene un reflejo. Yulius acerca la cara, con las manos ahuecadas alrededor de los ojos para quitar el reflejo, como se hace para mirar dentro de una casa por la noche. La piedra verde está ahí dentro, suspendida en la luz fría, sin polvo, sin mano, sin poste, sin el temblor que era parte del precio. La cuerda cuelga del mango y no toca el fondo. El cuarto nudo está girado hacia la pared.
hecho: En Yakarta el FBI devuelve al presidente Prabowo hachas de piedra y objetos ceremoniales de los dani, los asmat y las comunidades del lago Sentani, sacados de contrabando de Papúa. Se expondrán en el Museo Nacional. (Associated Press; The Hill, 23 de julio de 02026.)
mundo: En Kordofán del Norte, en Sudán, dos ataques de drones de las Rapid Support Forces golpean el mercado de Ar Rahad y matan al menos a veintisiete civiles (UN News). El diecisiete de julio los Guardianes de la Revolución iraníes golpean un puesto de mando estadounidense en al-Tanf, en el este de Siria: es el primer ataque iraní en suelo sirio en la guerra de 2026 (Reuters). En el territorio de Beni, en la República Democrática del Congo, una serie de ataques mata al menos a treinta personas (UN News).
Variantes: 5.
Lucido · Pneuma II.
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