El segundo día sobre el asfalto es peor que el primero. El primer día está la rabia. El segundo está el sol. Esta mañana dejé a mi hija en casa de la vecina con el arroz de ayer, y la vecina no preguntó nada, tomó a la niña de la mano y miró hacia otro lado, que es su manera de ser buena. Mi marido está en el muelle desde ayer, buscando jornada. Una de las dos tenía que quedarse con la fábrica. Me tocó a mí, que tengo la fábrica en las manos desde hace once años. A las ocho la Natun Bazar Road ya quemaba, y nosotras sentadas en fila, con los paraguas abiertos, el mío negro, que el negro al sol es una tontería pero es el único que tengo. Detrás de nosotras los camiones parados tocaban la bocina. Delante, el portón de la Fortune, cerrado con cadena. Dos meses. Dos meses de cortes cosidos, contados, entregados, y el sobre que nunca llegó. La noche anterior había pasado por el tendero a por arroz y Rahim no dijo nada. Solo giró el cuaderno hacia mí, sobre el mostrador, abierto por mi columna. Dos meses allí también. El cuaderno de Rahim y el registro de la Fortune se parecen, líneas y números, solo que el suyo está escrito a mano y yo estoy dentro.
Hacia las diez llegó la furgoneta blanca de la empresa. Se paró a diez metros del bloqueo. Bajó el empleado de salarios, el de la camisa planchada, y llevaba en la mano el registro de las pagas y un sobre abultado. Habló fuerte, de pie sobre el estribo. Dijo que la dirección quería reabrir. Dijo que la fábrica reabre si media línea vuelve hoy. Dijo que quien suba a la furgoneta cobra un mes ahora mismo, en efectivo, y el resto después, cuando la producción arranque otra vez. Un mes ahora mismo. El silencio que vino después de esa frase yo no lo había oído nunca en mitad de la calle, un silencio con las bocinas dentro y todo, y aun así silencio, porque doscientas cabezas hacían la misma cuenta a la vez, el arroz, el alquiler, el cuaderno, la escuela, y cada una la hacía con sus números. Luego empezó a llamar los nombres del registro. Por orden, como en el reparto de los sobres, cuando los sobres llegaban. Antes los nombres se llamaban el jueves, en la ventanilla, y cada una respondía con el pulgar listo para el tampón, y había la fila y el calor también entonces, pero era la fila del jueves, la fila que terminaba con el sobre en la mano y el arroz comprado camino de casa. Esta era la misma voz y el mismo registro y otra fila. Llamó a Fatema. Fatema subió con la cabeza baja, y ninguna dijo nada. Llamó a Jesmin. Jesmin subió mirando al frente, y una detrás de mí escupió al suelo, despacio, sin teatro. El jefe de sección estaba sentado con nosotras, en el suelo también él, dos meses sin sobre también él. No levantó la cabeza. Las manos me trabajaban solas en el borde del sari, dobla y sujeta, dobla y sujeta, que es el gesto de los cortes cuando la línea va y no tienes que pensar, las manos saben y tú no.
Luego dijo mi nombre. Shefali Begum. Lo dijo dos veces, porque la primera no me moví. Me levanté. Las piernas me hormigueaban del asfalto. Le di el paraguas a Rupa sin mirarla. Caminé hasta la furgoneta. Diez metros. Diez metros con doscientas personas mirándote la espalda son un camino largo, más largo que el camino de casa, más largo que el turno de noche cuando los cortes no se acaban nunca. El empleado abrió el sobre. Dentro estaba el dinero, de verdad, contado. Un mes. Miré el dinero. Miré el registro con la línea al lado de mi nombre, lista para la firma. Miré el estribo, que era bajo, cómodo, un paso. Y me senté. Ahí, delante del estribo, en el suelo, la espalda contra la chapa caliente. El empleado dijo algo que no oí. La chapa quemaba a través de la tela y yo me quedé. Rupa me dijo después que desde atrás parecía que la furgoneta la había aparcado yo, de lo cómoda que estaba. Desde atrás no se veía que temblaba. Y está bien así, que no se viera.
La furgoneta arrancó con dos. Dos de doscientas. Maniobró despacio, porque estábamos por todas partes, y cuando pasó delante de mí vi a Moriom en la ventanilla, que no miraba a nadie. No la juzgo. Su madre está mal, y los médicos no apuntan en el cuaderno como hace el tendero. Por la tarde pasé por delante de la tienda de Rahim. No entré. Él estaba en la puerta, me vio, entró, y desde la calle lo vi abrir el cuaderno sobre el mostrador. Trazó una raya corta debajo de mi columna y escribió la fecha. Una semana. Así me lo dijo, con la raya, sin hablar. En casa mi hija ya dormía. Me quedé en la puerta mirándola. Luego me senté en el escalón, a oscuras, y las manos empezaron solas. El borde del sari, entre el pulgar y el índice. Dobla, sujeta, sigue. Dobla, sujeta, sigue. Mañana se vuelve al asfalto. Dobla, sujeta, sigue. Otra vez.
hecho: En Barishal, Bangladés, cientos de trabajadores de Fortune Shoes bloquean la carretera por dos meses de salarios atrasados. En el país cuatrocientas cincuenta y siete fábricas textiles han cerrado en dos años, y más de doscientas cuarenta mil personas han sido despedidas. (World Socialist Web Site, 31 de julio de 2026.)
mundo: En El-Obeid, Sudán, medio millón de personas sigue atrapado bajo el asedio de las Fuerzas de Apoyo Rápido (Rio Times). En el golfo de Omán, Irán golpea dos petroleros y Washington suspende la respuesta militar mientras la negociación nuclear continúa (Jerusalem Post). Rusia declara haber interceptado seiscientos treinta y cinco drones ucranianos en una sola noche, una de las operaciones más amplias desde el comienzo de la guerra (World News Group).
Variantes: 5.
Soffiato · Pneuma I.
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