Montero abrió el saco a las seis de la mañana como abría todos los sacos desde hacía veintisiete días, con el cuchillo que guardaba colgado en el gancho sobre el fregadero, el cuchillo con el mango negro que había traído del barco anterior y del barco de antes todavía, porque un cocinero de barco cambia de barco pero no cambia de cuchillo. El saco era el último. Dentro había aproximadamente cuatro kilos de arroz, que era la cantidad correcta para el almuerzo de quince personas si el arroz era una guarnición, y para el almuerzo de ocho si el arroz era el plato, y Montero desde hacía once días hacía el arroz como plato porque el pollo se había acabado el día dieciséis y la carne congelada el diecinueve y el pescado el veintiuno, y el arroz había quedado porque el arroz es siempre lo último que se acaba en un barco, como el agua es lo último que se acaba en un desierto.
El estrecho estaba cerrado. El barco no se movía desde hacía veintisiete días.
El manifiesto de carga decía catorce días. Catorce días de navegación, catorce días de provisiones, catorce días de gasóleo para la cocina y los generadores y el aire acondicionado, porque un petrolero anclado en el Golfo en marzo sin aire acondicionado se convierte en un horno en tres horas, y Montero lo sabía porque el aire acondicionado se había averiado el día noveno y lo habían reparado el día décimo, y en esas veinticuatro horas la cocina había alcanzado los cuarenta y ocho grados y el arroz hervía antes de echarlo en el agua, ‘hervía solo’ como había dicho Vargas el motorista, que era alguien que exageraba en todo menos en la temperatura.
Las provisiones habían sido calculadas con un margen del veinte por ciento, lo que significaba dos días y medio más, lo que significaba dieciséis días y medio, lo que significaba que a partir del día decimoSéptimo Montero racionaba. Racionar en un barco no es como racionar en tierra, porque en tierra puedes comprar y en un barco solo puedes consumir menos, y consumir menos significa raciones más pequeñas, y raciones más pequeñas en un barco donde nadie trabaja y todos esperan significa que la comida se convierte en la única cosa que marca el día, y la única cosa que marca el día es la única cosa que disminuye.
«Montero.»
«Díme.»
«¿Cuántos días?»
«Con lo que hay, hoy.»
«Un día.»
«Un día.»
Vargas se quedó en la puerta de la cocina. Montero vació el arroz en el agua. Cuatro kilos. Quince raciones. La última vez.
La cubierta estaba vacía a esa hora. Los otros barcos se veían todos, una fila de puntos oscuros en el agua clara del Golfo, y cada punto era un barco y cada barco tenía una cocina y cada cocina tenía un cocinero que contaba los sacos. Montero lo sabía porque hablaba por radio con otros tres cocineros — Petersen del Stavanger, Liu del Jade Fortune, Karim del Al-Shifa — y los tres se habían quedado sin algo: Petersen las patatas, Liu la salsa de soja, Karim el pan, y los tres racionaban, y ninguno de los tres sabía cuándo volvería a abrir el estrecho porque saberlo no era función de un cocinero, la función de un cocinero era dar de comer a quince personas tres veces al día, y Montero lo hacía.
El arroz hirvió durante doce minutos. Montero lo escurrió. Lo dividió en quince platos iguales, contando con el cazo, cuatro cazadas por plato, como había hecho cada día, como habría hecho mañana con otra cosa si hubiera habido otra cosa, pero no había otra cosa, había las cebollas y había la sal y había el agua del desalinizador, y mañana el almuerzo sería cebollas con agua y sal, que es una sopa si la llamas sopa y que es el hambre si la llamas por su nombre.
«Montero.»
«Díme.»
«¿Cuánto dura la cebolla?»
«Tres días. Cuatro si las corto finas.»
«¿Y después?»
Montero no respondió. Después no era una pregunta para un cocinero. Después era una pregunta para quien decía cuándo volvería a abrir el estrecho, y quien decía no comía cebollas.
Conozco estas cosas. Hice dieciocho meses en un carguero, no en el Golfo, en el Pacífico, pero la cocina es la misma. Cuando las provisiones se acaban no sucede un evento, sucede un silencio: el cocinero no dice nada, la tripulación no pregunta nada, y todos cuentan el mismo número sin decirlo. He visto cocineros que racionaban sin que el capitán lo ordenara, porque un cocinero sabe contar los días mejor que un capitán, y los días de un cocinero se cuentan en kilos.