Halima camina desde las seis de la mañana. Yusuf, cuatro años, va sobre su espalda, dentro de la tela azul atada a la cintura. Aisha, seis, le sostiene la mano izquierda. Han hecho treinta kilómetros desde el jueves. Falta la mitad del camino. Es el 23 de mayo de 02026, son las once y cuarenta.
La acacia seca es la única de la llanura. Halima se detiene. Hace bajar a Yusuf. Lo deja en la tierra, a la sombra del tronco. Aisha se sienta junto a su hermano. Halima se queda de pie un momento, después se inclina, se apoya en el tronco. Se sienta.
En la bolsa de yute: la cebolla. Amarilla pálida. Pequeña. Dulce. Es la última de las tres que le había dado su suegra, Fadumo, dos días antes.
La navaja está en el bolsillo derecho del vestido. Oxidada. Hoja corta.
Halima toma la cebolla. La pesa en la mano. Pesa unos sesenta gramos. La vuelve a poner sobre la rodilla.
Yusuf llora bajo. Los labios agrietados.
Aisha no dice nada. Sus labios también.
Halima toma la navaja. La abre. La apoya junto a la cebolla, sobre la rodilla.
Piensa: tres rebanadas iguales. Una para Yusuf, una para Aisha, una para sí. Veinte gramos cada uno. Saliva, líquido, algo.
Piensa: dos rebanadas enteras. Treinta gramos para los niños. Nada para sí.
Piensa: a treinta kilómetros de Dolo Ado, ella a pie, con Yusuf en la espalda, Aisha que camina.
Piensa: anoche, a las seis, había sentido las piernas volverse livianas. Se había sentado diez minutos. Había vuelto a partir.
Piensa: Fadumo.
Fadumo se quedó en la choza de Luuq. Sesenta y ocho años. Se pone de pie sólo para ir al pozo, cuarenta metros de la puerta. El pozo se había secado en febrero. Ahora toma el agua del vecino, medio litro al día. Halima se la llevaba cada mañana antes de partir. Desde el jueves no se la lleva nadie.
Halima había dicho: madre, ven con nosotros. Fadumo había dicho: yo a Dolo Ado me muero en el camino. Halima había dicho: yo te llevo. Fadumo había dicho: lleva a tus hijos. Había sacado de la bolsa de cáñamo tres cebollas. Había dicho: toma también esta.
Halima había tomado. Había partido el jueves a las cuatro de la mañana.
La primera cebolla la habían comido el jueves por la noche, al inicio de la noche, en tres rebanadas iguales, bajo las estrellas.
La segunda el viernes al mediodía, en tres rebanadas iguales, a la sombra de un arbusto.
La tercera es hoy.
Halima mira la cebolla. Mira a sus hijos. Mira el sol.
Piensa: a treinta kilómetros no se llega con nada.
Piensa: a treinta kilómetros no se llega sin una madre.
Toma la navaja. Apoya la hoja en la cebolla. Corta.
Una rebanada. Gruesa. La toma. Se la tiende a Aisha. Aisha la toma. Se la lleva a la boca. Mastica.
Halima corta de nuevo. Una segunda rebanada. Tan gruesa como la primera. La toma. Se la tiende a Yusuf. Yusuf la toma. Se la lleva a la boca. Empieza a llorar mientras mastica.
Halima mira lo que queda. Es un tercio. Una rebanada más pequeña. Sesenta gramos divididos por tres son menos de veinte.
Halima toma la rebanada. Se la lleva a la boca. Mastica despacio.
La saliva vuelve. Las piernas responden. Los labios menos agrietados.
Piensa en Fadumo que dijo, dos días antes, «toma también esta».
Piensa que Fadumo había contado por tres.
Se pone de pie. Yusuf llora todavía. Aisha lo mira. Halima desata la tela azul de la rama baja de la acacia donde la había colgado. Se inclina. Toma a Yusuf. Lo carga sobre la espalda. Lo ata a la cintura. Toma la mano de Aisha. Empieza a caminar.
A treinta kilómetros. Camina.