Josphat Mwangi cuenta las láminas a las siete menos cuarto.
Las cuenta de dos en dos, apoyando el índice en el borde de cada una. Veintiocho. Después la puerta, que es una sola y está puesta de plano encima, para hacer de techo a la pila.
Las láminas no son suyas. Son de seis familias. Eran las paredes y los techos de sus casas, en pie donde ahora está la tierra batida.
Pasa la cadena. Es una cadena de ocho, comprada en el depósito de Ngara, de tres metros y medio. La hace girar dos veces alrededor de la pila, por debajo y por encima, y la aprieta.
Mete el arco del candado en los dos anillos. El candado es de cincuenta milímetros, con la inscripción gastada.
Aprieta.
El chasquido llega hasta la carretera. En el lugar ya no hay nada que haga ruido.
Josphat prueba la cadena tirándola hacia sí. La cadena aguanta. Prueba la puerta de arriba, empujándola con la palma. La puerta resbala dos dedos y se detiene.
Después se pone la llave al cuello, dentro de la camisa, y va a sentarse en el bloque de cemento que hace una semana era el escalón de la casa de alguien.
El sitio se llama Kwa Njoroge. Vivían aquí más de mil personas. Las casas se vinieron abajo todas juntas, y quienes estaban dentro dicen que el aviso no llegó a tiempo.
A las ocho abren el mostrador. El mostrador es una mesa plegable con dos sillas, puesta donde acaba la tierra batida y empieza el asfalto.
La fila se forma sola. Primero las mujeres con los niños, después los demás.
El procedimiento es este. Se dice el nombre. El asistente busca el nombre en la lista. El oficial del juzgado cuenta los billetes, tres mil chelines, tres billetes de mil, y los pone en la palma abierta. El asistente marca. El siguiente.
Tres mil chelines son la compra de una semana para una familia de cuatro. Las casas tenían veinte años.
Las láminas del montón tienen todas una marca. Las de Wachira tienen dos agujeros juntos arriba, para el hilo de la antena. Las de Mama Wanjiru están pintadas de verde por un solo lado, el lado que estaba fuera. Hay una con el rastro blanco del número de la puerta, el cuarenta y uno, que todavía se lee.
Una lámina sana vuelve a hacer una pared. Siete láminas hacen un cuarto: cuatro en pie, dos encima, una para cerrar. Al peso, esas mismas siete láminas son cincuenta kilos.
A las diez y media llega el camión de los chatarreros.
El comerciante baja. No habla enseguida. Primero mide la pila con el paso, un paso a lo largo del lado corto, tres pasos a lo largo del lado largo. Después toca el hierro con el dorso de la mano, en tres puntos, donde está caliente y donde está podrido.
Después hace la primera oferta.
Josphat dice no y sigue sentado.
El comerciante vuelve al camión, abre la puerta, coge el bolígrafo del salpicadero, vuelve. Hace la segunda oferta.
Josphat dice no y se ríe, y mientras se ríe mira la fila, porque de la fila al montón hay noventa metros y desde noventa metros se ve todo.
A las once empiezan a caer las primeras gotas, las gordas, las que en la lámina se oyen una por una.
El comerciante levanta los ojos al cielo y mira a Josphat, y no dice nada, y el no decir nada es lo que hace trabajar la cabeza más rápido.
Los hijos de Josphat son tres. El más pequeño tiene dos años y come dos veces al día desde abril.
El comerciante sube una tercera vez. Dice la cifra y la escribe en la palma con el bolígrafo, y gira la palma hacia Josphat.
Josphat mira la palma. Después mira el montón.
Pone la mano en el candado. El acero está caliente. Lo sujeta.
Lo sujeta el tiempo que hace falta para contar las láminas una segunda vez, que es el tiempo que el comerciante tarda en volver a la puerta del camión y en volver atrás.
No abre.
Después se saca el hilo de debajo del cuello. El hilo es de nailon verde, de los de pescar, y en él está metida la llave. Josphat lo pasa por encima de la cabeza. Lo tiene en la mano un momento, con la llave girando sobre sí misma.
A diez pasos está Mama Wanjiru, sentada en su fardo, a la sombra de la puerta apoyada en el montón. Está allí desde las siete. Está en ese lugar desde antes de que hubiera carretera, y esto lo dice ella.
Josphat da cuatro pasos. Se agacha. Le pone el hilo con la llave en la mano abierta y le cierra los dedos encima, uno por uno.
Le dice una sola frase: ahora ya no la tengo yo.
Mama Wanjiru cierra el puño.
El comerciante se queda en medio de la carretera con la palma escrita.
El camión espera un cuarto de hora. El motor se queda encendido.
A las doce y diez el comerciante sube, cierra la puerta, maniobra en tres tiempos sobre la tierra batida y toma la carretera hacia la Thika.
A las doce y veinte vuelven los primeros de la fila. Vuelven con la palma cerrada y el nombre en la lista. Pasan por delante del montón.
Pasan por delante del montón y algunos se paran y otros no.
Wachira se para. Cuenta sus láminas, son cinco, les pasa la mano por encima y las deja donde están. El hermano de Wachira no se para. Va derecho hacia la carretera, con el sobre en la mano, y no mira.
De las seis familias han pasado tres.
A las dos el sol golpea el hierro y el hierro quema.
Mama Wanjiru no ha abierto el puño.
Cuando Josphat pasa cerca de ella para ir a por el agua, ella lo llama. Le pregunta una sola cosa, y se la pregunta sentada, sin levantar la cabeza.
Le pregunta: y cuando vuelvan todos, quién abre.
hecho: El tres de julio la demolición de Kwa Njoroge, a lo largo de la Thika Superhighway de Nairobi, afecta a más de mil residentes sin aviso adecuado; cada uno recibe tres mil chelines del oficial del juzgado de la ciudad, y otros siete asentamientos ya están en la lista (Daily Nation, 4 de agosto de 02026.)
mundo: En Guatemala el volcán Fuego entra en erupción el cuatro de agosto y dos aldeas de la ladera sur son evacuadas (CBS News). En Daca, desde el dos de agosto, más de catorce mil maestros recomendados ocupan Shahbagh hasta que el gobierno adelanta la fecha de su incorporación (The Daily Star). En el distrito de Shangla, en Pakistán, se entierra a los mineros muertos en Sorange y se pide el seguro obligatorio para quienes bajan (The Nation).
Variantes: 5.
Incalmo · Pneuma I.
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