El camino a Ngingir ya no estaba. Se lo había llevado el barro, un tramo largo, después del cuarto puente. Así que fuimos a pie.
Diez kilómetros a oscuras. Éramos doce del barangay, con las palas y una motosierra y las linternas de los teléfonos. Todavía llovía, no fuerte, esa lluvia fina que no termina nunca. El monzón, dicen. El tifón Inday que empujaba desde lejos. Nosotros no pensábamos en el tifón. Pensábamos en los pasos.
Caminar en el barro de noche es una cosa que se aprende solo haciéndola. Pones el pie plano. Esperas a que aguante. Después el otro. Uno de nosotros, el joven Solaiman, se cayó tres veces, y tres veces lo levantamos, y no dijo nada porque no había aliento para decir.
Llegamos cuando el cielo apenas aclaraba. Las seis, quizá. Y vi lo que había pasado en la luz gris, despacio, como se ve una cosa que no quieres ver.
La colina había bajado. Toda. Donde había cinco casas, seis, ahora había una joroba de barro y árboles rotos y chapas, alta como una casa, quieta. El silencio encima. Sabes, el silencio después de un derrumbe yo lo conozco. No es que falten los sonidos. Es que los sonidos están, la lluvia, el barro que todavía se asienta, y debajo de esos sonidos hay una cosa que no hace ruido y que oyes igual.
Empezamos a cavar con las manos. Las palas servían donde el barro estaba limpio, pero cerca de las casas no, cerca de las casas estaban las cosas dentro, los techos, las tablas, y con la pala podías herir a quien quizá seguía debajo. Así que, las manos.
Cavábamos y llamábamos. Cada tanto uno levantaba la mano y todos nos parábamos y nos quedábamos callados, y uno llamaba un nombre dentro del barro. Norhata. Abdul. El nombre del pequeño de Cabugatan, que tenía siete años. Llamábamos y poníamos la oreja en la tierra mojada y esperábamos. A veces el barro responde, un golpe, un lamento. Aquella mañana el barro no respondía.
Y esas casas yo las conocía. Todas. La primera era la de Cabugatan, que vendía el gasoil en botella al borde del camino. La segunda la del maestro, que a mi hijo le había enseñado a leer. Cuando cavas con las manos en un lugar que conoces, no cavas la tierra. Cavas la casa de alguien. Encuentras una olla y sabes de quién es la olla. Encuentras una chapa y sabes bajo qué techo dormías de niño. Es otra cosa. Es otra cosa del todo.
Sacamos tres, antes del mediodía. Ninguno vivo. Los pusimos sobre la lona azul al principio del sendero, cubiertos, con los pies hacia la montaña como se debe. Las mujeres que habían subido detrás de nosotros los lavaban y rezaban. Bismillah. La lluvia lavaba también, a su manera.
Del pequeño, nada. La madre estaba de rodillas al borde de la excavación y no lloraba fuerte, solo decía su nombre, bajito, como se le dice a un niño que duerme y no lo quieres despertar de golpe. Decía el nombre y miraba nuestras manos.
Hacia la una la lluvia volvió fuerte. Y el jefe del rescate, uno venido de Marawi con una chaqueta naranja, miró la colina sobre nosotros y dijo que paráramos. Que la tierra todavía estaba cargada. Que podía bajar otra vez. Que teníamos que alejarnos todos, enseguida.
Y tenía razón, entiendes. Tenía razón él. La colina de arriba era una amenaza, se veía la grieta nueva allá en lo alto, y un hombre que sabe hacer este trabajo te dice que bajes y bajas, porque los muertos están muertos y los vivos se mantienen vivos, y mandar a otros bajo el barro no devuelve a nadie.
Los demás se echaron atrás. Yo no. Un poco más, dije. Solo ahí, ese trozo, donde la madre miraba.
Me quedé con las manos en el barro mientras los otros me llamaban desde atrás. Cavaba en ese punto y nada más, un puño tras otro, el agua que llenaba el hueco más rápido de lo que yo lo vaciaba. Ya no razonaba. Las manos iban solas. Un poco más. Otro puño. El de abajo.
Y bajo ese puño de barro había una chancla. Una tsinelas de goma, pequeña, azul, de esas de veinte pesos que se compran a montones en el mercado. Vacía. La saqué y me la encontré en la mano, ligera, con el barro todavía dentro en la forma del pie que no estaba.
Paré. No porque me lo hubieran ordenado. Paré y ya está, con la chancla en la mano, y comprendí que ese pie el barro no me lo daba, no aquel día, quizá nunca.
Me limpié las manos en los pantalones, despacio, primero una y luego la otra, aunque no servía de nada porque los pantalones eran barro como las manos. Dejé la chancla junto a la lona azul, cerca de los tres, donde la madre pudiera encontrarla. Y me senté en el barro, con la espalda hacia la montaña que todavía podía bajar, y no dije nada más.
hecho: El diez de julio un derrumbe sepulta una aldea de Calanogas, en el sur de Filipinas, tras días de monzón reforzado por el tifón Inday. Mueren al menos siete personas y cuatro siguen desaparecidas; con los caminos desaparecidos, los rescatistas alcanzan la ladera a pie y luego deben detenerse.
mundo: En Nairobi la policía cierra las calles y detiene a una decena de personas el día del Saba Saba, impidiendo la marcha hacia el Parlamento (France 24). En el distrito de Mardan, en Pakistán, una mina de mármol se derrumba y mata a nueve obreros (Arab News). En Tayikistán las coladas de barro siguen rompiendo los canales de riego mientras solo el treinta y nueve por ciento de los usuarios paga el agua, y los campos quedan secos (Asia Plus).
Variantes: 5.
Soffiato · Pneuma I.
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