La noticia llegó por la radio del cuñado mientras Su'ad pelaba las papas en la cocina de su hermana en Nabatieh, donde vivía desde hacía once meses en tres habitaciones con otros ocho, y la noticia decía que los soldados del ejército libanés habían entrado en Srifa, su pueblo, junto con Froun y Zawtar, y que aquellos tres pueblos habían sido elegidos como los primeros de los cuales los otros soldados, los que habían venido del sur, se retirarían, a condición, eso sí, dijo la radio, de que las armas fueran entregadas y los túneles cerrados, tras lo cual, dijo la radio, comenzaría la reconstrucción y la gente podría volver.
Su'ad dejó el cuchillo. No dijo nada. Su hermana la miró.
Y se quedó quieta con las manos en el agua de las papas, porque la palabra volver, que durante once meses había sido la palabra que guardaba en la boca por la noche como se guarda un hueso de dátil para no tirarlo, ahora que alguien la había dicho por la radio con una fecha cercana y con condiciones pegadas le parecía de pronto otra palabra, o mejor la misma palabra pero girada del otro lado, el lado en el que volver no quería decir reencontrar sino ver: ver qué quedaba de la casa que su suegro había construido en mil novecientos setenta y cuatro y en la que ella había entrado de novia en mil novecientos noventa y seis y de la que había salido a pie, con un bolso, la noche en que el vidrio de la ventana de la cocina había caído de golpe sobre el fregadero sin romperse en mil pedazos sino partiéndose en dos láminas limpias, que era una cosa que nunca le había contado a nadie porque no sabía qué quería decir.
La condición era razonable. Ese era el punto que la mantenía despierta. El hombre de la radio tenía razón: no se vuelve a entrar en una casa mientras bajo la calle están todavía las galerías y en los huertos están todavía las armas, no se lleva a una hija de vuelta a un lugar así, no se duerme bajo un techo que podría volver a ser un blanco; quienes decían esperad, esperad a que sea seguro, esperad la reconstrucción con el dinero que vendrá de fuera, no decían una cosa mala, decían una cosa verdadera, quizá la más verdadera de todas.
Solo que la reconstrucción con el dinero que vendrá de fuera Su'ad ya la había oído nombrar en dos mil seis, después de la otra guerra, y en parte había venido y en parte no, y las casas de sus vecinos habían sido levantadas a medias y dejadas a medias durante años, con el hierro de los pilares que asomaba del cemento como los dedos de una mano abierta, y ella sabía, con la parte de sí misma que no escuchaba la radio, que esperar a que una cosa sea perfectamente segura es a menudo la manera más educada de no hacerla nunca.
(En la otra habitación el hijo mayor, que había pasado por Beirut para el fin de semana, hablaba por teléfono en alemán con alguien de Hamburgo, donde estudiaba, y reía, y su risa cruzaba el pasillo y entraba en la cocina, y Su'ad comprendió, al oírla, que aquel hijo no volvería a Srifa, ni ahora ni después, que para él Srifa se había vuelto ya un lugar del que se viene y no un lugar al que se va, y que por tanto la decisión de volver, si ella la tomaba, la tomaría sola, por sí misma y por el viejo suegro que preguntaba cada día por su jardín.)
Se secó las manos en el delantal. Fue a la habitación donde guardaba el bolso, aquel con el que había salido. En el fondo, en un bolsillo de tela, estaba el manojo de las llaves de casa, que había llevado consigo como todos llevan la llave incluso cuando saben que la puerta quizá ya no está, porque la llave no sirve para abrir, sirve para decir que una puerta, en algún lugar, es tuya.
Sacó del manojo la llave grande, la de la puerta de entrada, de latón, gastada por el dorso. La sostuvo en la palma. No pesaba nada.
Y en aquel momento la elección ya no era entre volver y esperar, que es una elección de radio, de hombre que habla con razón; era entre tener aquella llave en la palma como un objeto que dice una cosa verdadera sobre el pasado, o meterla en la cerradura de una puerta que quizá ya no sostiene el marco y descubrir, al girarla, si dice todavía algo también sobre el futuro; y ninguna de las dos era equivocada, y ninguna de las dos era gratis.
Su hermana la llamó desde la cocina. Las papas.
Su'ad cerró la mano sobre la llave. Volvió a poner el manojo en el bolsillo de tela, pero la llave grande no, esa la guardó, y volvió a la cocina, y retomó el cuchillo.
Fuera, once meses de distancia de una puerta de latón gastada por el dorso. Y la puerta, ahora, estaba de nuevo al alcance.
¿Pero al alcance es lo mismo que abierta?
hecho: El ejército libanés empieza a hacerse cargo de tres aldeas del sur del Líbano señaladas como zonas piloto para la retirada israelí; la reconstrucción y el regreso de los cientos de miles de desplazados siguen condicionados al desarme de los grupos armados. (The National; Al Jazeera, 21 de julio de 02026.)
mundo: En Francia los bomberos combaten los grandes incendios del verano y miles de personas dejan sus casas del sur del país (Euronews). En Pakistán las lluvias del monzón matan a más de cincuenta personas desde el veintiséis de junio y las autoridades declaran la alerta en todo el país (Arab News). En India miles marchan sobre el parlamento por la filtración de un examen de medicina, y un activista en huelga de hambre es llevado a la fuerza por la policía (GZERO Media).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma I.
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